Recordar sin miedo
Publicado el 29/03/2019 a las 08:17
El pasado sábado saltaba, tímidamente, la noticia de que el ayuntamiento de San Sebastián (a excepción de EH-Bildu) colocaba las primeras placas, en la avenida De la Libertad, y homenajeaba la memoria de cuatro víctimas del terrorismo: Juan María de Araluce, José María Elicegui, Antonio Palomo y Luis Francisco Sanz. El 4 de octubre de 1976, el coche en el que viajaban todos ellos fue ametrallado por tres terroristas de la banda criminal ETA.
Se, que aunque duela y resulte estremecedor es necesario descender a la verdad allí donde nos lleve. Relataba Antonio Muñoz Molina en su crónica periodística después del anuncio del “cese definitivo” de ETA: “… Hay que contar para recordar y hay que contar para comprender. Hay que contar exactamente lo que pasó y hay que empezar hacerlo ahora que todavía viven…los testigos, las víctimas…”
ETA sembraba el pánico. Te tiroteaban y si podían te remataban; te mataban. Aprendías a vivir y convivir con el miedo. Estabas solo. No podías llorar.
No era fácil asimilar tanto sufrimiento pero la situación se contextualizaba en un escenario hiriente donde el no “existir” te empujaba, irónicamente, a seguir viviendo. El miedo era una constante en tu vida. Era un modo de vida. Un temor que te ahogaba el solo hecho de pensar que algo le pudiese pasar a tu familia. Siempre el miedo.
Y como hay que contar para recordar, recuerdo que en 1973, tenía 12 años, nos trasladamos, toda la familia a la bella localidad de Lasarte. Mi padre era Guardia Civil y había sido destinado al País Vasco.
Mientras mi padre iba y venía a su puesto en San Sebastián, el resto de la familia, mi madre y dos hermanos “vivíamos” una macabra realidad amparada en la “mentira”. En aquellos años la posibilidad u oportunidad de arraigo social o cultural era casi o del todo remota por lo que cometer errores no era una opción; si me preguntaban en qué trabajaba mi padre debía ser contundente y convincente en la respuesta: es camionero -contestaba sin titubeo-. Y mientras tanto, ahí fuera, asistía de forma pétrea la complicidad pasiva de una parte de la sociedad que se ponía de perfil ante familias rotas por la sinrazón del terrorismo. Solo silencio.
Ahora echo la vista atrás y valoro el punto en el que nos encontramos. El solo hecho de que el ayuntamiento donostiarra, por primera vez, coloque unas placas en memoria de las víctimas del terrorismo es un halo de esperanza para la concordia. Ahora podemos disfrutar la paz, ahora, porque una sociedad quería ser libre, se impuso y dijo basta a los terroristas. Solo deseo que el recordar nos recuerde que tanto sufrimiento no puede ser en balde y ahora, también, solo deseo que ese punto de paz en el que estamos no se desvanezca. Perdonar pero no olvidar.