La humildad de los pastores de Urbasa

José Santos de la Iglesia|

Publicado el 26/03/2019 a las 08:17

Me cuentan que, anticipándose a la llegada del invierno, abandonaban las cabañas, reunían los enseres y los cargaban en las rústicas caballerías que marchaban acompañando a los rebaños. Y juntos, humanos y animales, tomaban los viejos caminos, ya húmedos y fríos en esos días, antes de que la nieve los envolviera, de que los cubriera ocultándolos y arrancándolos del paisaje como hojas de árbol arrebatadas por la ira del viento. Siguiendo el curso ineludible de las estaciones, se alejaban buscando el amparo amable de los prados costeros, y caminaban silentes, gastando las palabras justas, avivando el paso y guardando cada cual los asaltos de la incertidumbre; ocultando para sí el desgarro por lo que se deja atrás y la pesadumbre que acompaña siempre a toda partida. Y a pesar de tener que hacerlo, de verse obligados a convivir durante un tiempo próximos a los retumbos de la mar y urgidos por los caprichos de las mareas, eran gentes de la montaña que, más que nada, anhelaban el retorno; ansiaban hollar los caminos de vuelta, las cañadas que les conducían de nuevo al encuentro con la penumbra de los bosques y a sacudir la niebla del amanecer entre la escarcha de los pastos altos y las cumbres desnudas.


Eran pastores, nómadas de la vida que han estado aquí, en Urbasa, antes de que llegara todo lo que ha sido más tarde. En épocas remotas, en estos parajes se llegaban a confundir la vida y la muerte, y de aquellos rigores habla la memoria de las viejas piedras, túmulos y dólmenes que, como huellas abrazadas a los desvaríos del tiempo, se resisten a caer en el olvido y lo recuerdan. No podría afirmar que en estos montes perduren aún los herederos de aquella estirpe lejana, pero la fortuna me ha llevado a conocer a una de esas últimas familias que aún continúa aquí, y que permanece fiel a un modo de ser antiguo y sencillo, sin equívocos; un proceder que se distingue por seguir manteniendo los atributos que en el transcurrir del tiempo han sustentado la dignidad de su gente: el apego a la libertad, la honradez y el culto a la amistad.

Si algún caminante se encuentra con ellos, si se allega hasta su cabaña, que se detenga y les salude. Le tenderán, sin remilgos, su mano pastora, sobria y ancha, y ofrecerán su hogar modesto. Y entre la lana y el olor ácido de la leche fermentada le brindarán asiento; y piensa que sí, que todos somos humildes y que no hay mayor riqueza que se nos pueda ofrecer que un tiempo para la conversación y un sitio junto al fuego.


José Santos de la Iglesia

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