En homenaje a Juan Manuel Arza

Víctor Manuel Arbeloa|

Publicado el 20/03/2019 a las 08:08

El abogado estellés Juan Manuel Arza Muñuzuri pasó de su gestoria profesional a gestionar, en tiempos inciertos y fronterizos (1974) la alcaldía de Estella, y poco después la Diputación Foral de Navarra, en la parte que le tocaba, dentro del equipo polivalente que era entonces nuestra suprema institución, presidida con mano fuerte por el veterano Amadeo Marco. Y, seis años después, sin preverlo ni, en serio, desearlo, a gestionarla desde la presidencia, gestionando a la vez la magna operación del Amejoramiento del Fuero -una vez roto y desgrarrado en dos el partido Unión de Centro Democrático, que tenía la mayoría-. Le conocí de cerca durante casi cuatro años, después de que me ganara las elecciones forales de abril de 1979 en la Merindad de Estella. No era fácil hacer compatible en aquel momento la buena relación personal con los mil tiquismiquis, chismes, conjuras, maledicencias, malas leches, aversiones, canalladas… entre unos y otros, contra otros y unos, cuando ETA campaba a sus anchas por el vasto espacio del miedo y del terror y los estrenados demócratas estábamos tan divididos. Pero, como era mucho más importante lo institucional que lo episódico y, no digamos, lo maléfico, nos entendimos bien. Él en el ejecutivo y yo en el legislativo, donde me llevaba varios años de conocimientos y ejercicio. Juntos atravesamos las innumerables tormentas del tiempo y nos enfrentamos a las amenazas y burlas cotidianas. Parece mentira, desde hoy, que llegáramos a buen puerto.

Y es que Juan Manuel se había entrenado bien, en la minoría “progresista” de los últimos años de la Diputación frente a la mayoría “tradicional” del último franquismo, y con la ayuda de la UCD nacional, consiguieron, a trancas y barrancas, el inicio democratizador de las futuras instituciones navarras. Después, bien asesorado por los sabios letrados, y sobre todo por la mayoría del pueblo navarro, a él tocó también presidir la tarea colectiva y exitosa de injertar el Fuero, los Fueros navarros, en el árbol copioso de la Constitución española -¡oh,manes de 1839!-, aunque algunos decían y seguirán diciendo que al revés, en el mejor de los casos.


Fue siempre un hombre de Tierra Estella, aunque de Estella. Sencillo y amable, sin ínfulas de ningún tipo ni afectación de ninguna clase. Hizo lo que pensó, y lo que otros le animaron a pensar que tenía que hacer. Con los años celebramos, con otros colegas y alegría fraterna en ciertos aniversarios, aquellas confusas, frenéticas, esperanzadas calendas, que ahora recordamos felices. Me dice uno de sus hijos que ha pasado dos años enfrentado a un cáncer de esófago. La verdad, me hubiera gustado mucho más una hora de conversación con él, en una de sus pausas mejores, que escribir esta sincera y entristecida laude póstuma.

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