Burocracia

Miguel A. Martínez Janáriz|

Publicado el 12/02/2019 a las 08:09

Las personas que habitamos en esta planeta y que desde hace ya varios millones de años, según las ultimas investigaciones científicas, poblamos la tierra -como así lo atestiguan los restos de ADN de nuestros antepasados, llámense monos, neardentales, austrolopitecus u otras especies similares- nos enfrentamos todos los días a una farragosa burocracia ante la administración. Ya sea para la concesión de ayudas, solicitudes o para instancias generales. Diferentes papeleos con el banco, la comunidad, consultas con operadoras de telefonía y seguros que interrumpen nuestro merecido descanso y tranquilidad. Algunas veces somos interrumpidos e interpelados con preguntas tan capciosas como “¿tiene unos minutos para mí?”, “no, no tengo tiempo para usted, el tiempo es mío y para las personas con las que quiero compartirlo”. O “¿seguro que usted no quiere ganar el viaje de sus sueños?”, “claro que quiero, pero prefiero que no me hagan perder el tiempo, porque la probabilidad de que lo gane es casi ínfima”.


Solamente el afán lucrativo y de negocio de algunas compañías es lo único que impera en el momento de dirigirse a nosotros, y así hacernos perder nuestro valioso tiempo. Todavía resulta peor si te pones en contacto con una operadora telefónica para realizar alguna reclamación: entonces, uno se puede encontrar con que te van pasando de un departamento a otro sin tan siquiera solucionarte el problema, como si un jueguecito desesperante de pulsar botones fuese el objetivo de su sistema de reclamaciones. Ese lenguaje técnico, desidioso, que utilizan para desesperar nuestra paciencia. A veces uno tiene la impresión de que el único objetivo que intentan con nosotros es el engaño y la confusión. Resulta inaudito como un hombre o una mujer mayor sin estudios, jubilados, que viven solos y que no tienen a nadie de su confianza para consultar semejante oprobio deben de afrontar a diario la correspondencia con su banco, con ese lenguaje impersonal y neutro sin un ápice de sensibilidad, que parece sacado de una sentencia judicial; o cómo tienen que hacer frente a ese tipo de operadores sabiéndose que son el blanco perfecto del despiadado sistema de comerciales sin escrúpulos.


¡Y qué decir cuando vendían preferentes a personas mayores y les chantajeaban diciendo que era una imposición a plazo fijo! Imagino a la pobre señora que regresaba al banco varias semanas después para comprar una lavadora que, con su esfuerzo durante toda una vida de privaciones había conseguido ahorrar, y se encontraba con la desagradable sorpresa de que el empleado le informaba que eran acciones perpetuas y que no podía tocar el dinero. La pobre mujer debía salir desconsolada del banco, llorando, sin poder hacer nada para aliviar su indignidad y su injusticia; para que esos banqueros sin corazón se quedasen con su dinero y se lo gastasen en lo más abominable que uno pueda pensar. Así está el mundo.


Miguel A. Martínez Janáriz

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