Una tras otra

Laura Goñi Crespo|

Actualizado el 13/01/2019 a las 10:45

Durante mis dieciséis años de vida he temido a los aviones. Estar suspendida a casi 12 kilómetros del suelo no me agrada especialmente. Si puedo viajar prefiero tener, literalmente, los pies en la tierra. Por esta razón, cuando la compañía de aviación que habíamos contratado para ir a Roma el pasado verano anunció huelgas el mismo día de vuelta, sentí un poco de alivio. Eso sí, este sentimiento fue opacado en cuanto me dijeron cómo volveríamos a Barcelona: en ferri. Esto hizo que el regreso a España se alargase un día entero. Encima, cuando por fin desembarcamos en la ciudad catalana, esa misma semana, había comenzado una huelga de taxis, por lo que todavía nos afectó más. Todo el mundo tiene derecho a la huelga, eso es indiscutible. Pero, cuando afecta tanto y a tantas personas ¿hasta dónde el derecho a la huelga tiene prioridad sobre a la cantidad de personas que pierde el derecho a desconectar en vacaciones? Nosotros tuvimos suerte de que nos hubiese tocado en el viaje de vuelta. No obstante, si nos hubiese tocado en la ida, no hubiéramos podido disfrutar de esta época del año, como le ocurrió a mucha otra gente.

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