¡Cuánto atraen los ángeles hermosos! (2)
Publicado el 09/01/2019 a las 13:00
(Sigue.) Dentro, hallé, a la vera de la barra, a Luis, un parroquiano (“cliente VIP”, me propuso el susodicho que escribiera, cuando les comenté, tanto a él como a Alberto, un par de días después, que había pensado trenzar un texto sobre el hecho acaecido allí) habitual. Di las buenas tardes y le pedí al dueño que me sirviera una caña, que acompañó de un pequeño recipiente repleto de maíces tostados. Andábamos Luis y yo hablando de esto, eso o aquello cuando, de la calle, que se había metamorfoseado, por arte de birlibirloque, en el mismo cielo, salieron (en realidad, entraron en el local, un infierno deseado, por deseante) dos ángeles. Uno conocido, pareja de Alberto, y otro ignorado (no por ellos, por mí). Como el abajo firmante había recibido recientemente un revés o varapalo sentimental, no se percató en ese preciso momento del hecho, pero sí de que Luis se olvidó de mí y de la conversación que manteníamos, tras ser saludado por el ángel desconocido, porque solo tuvo ojos y oídos para ella. Más tarde pude comprobar, al contemplar de forma fehaciente, las razones de peso de Luis, que no hizo falta que adujera o formulara (estaban a la vista), para cambiar ipso facto de interlocutor y tema de debate. Y es que los ojos, ante la belleza, no suelen pecar, no, de pereza. Ángel Sáez García angelsaez.otramotro@gmail.com