El sentido cristiano de la Navidad

Domingo Urtasun|

Publicado el 22/12/2018 a las 08:21

En su expresión más sencilla, Navidad es el cumpleaños de Jesús, el profeta de Nazaret. El Hijo de Dios, hecho hombre, para todos los cristianos. Tiene, por tanto, un profundo sentido espiritual. Sin embargo, nuestra sociedad, aunque se nutre de raíces cristianas, en las últimas décadas está reduciendo la Navidad a unos días de excesivo jolgorio y despilfarro. Se convierte así la Navidad en una sucesión de fiestas y fechas-puente que propician el consumo desenfrenado como sucedáneo de una felicidad vacía de contenido.


La Navidad, para los creyentes, es una realidad trascendental: Dios mismo se hace niño en un pesebre, convirtiéndose en Emmanuel, Dios-con-nosotros. Para los incrédulos, en cambio, no pasa de ser una bella fábula de la literatura judía. Ante el misterio de Belén, el hombre tiende a negarlo o empequeñecerlo. Le da un poco de temor acoger el nacimiento de Jesús con todas sus consecuencias. Prefiere, con frecuencia, convertir la Navidad en una fiesta de confites y luces intermitentes. Tal vez se llena de infantil ternura ante la dulce imagen del niño de cabellos rubios y rizados. Pero no llega a percibir la dimensión del compromiso cristiano. El motivo fundamental por el que se celebra la Navidad no es otro que el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, que toma nuestra condición humana. Sin embargo, gran parte de la sociedad actual, envuelta en un galopante proceso de secularización, pretende ocultar el misterio de Belén, relegándolo hasta vaciarlo de su genuino sentido religioso. El acontecimiento salvador que celebramos en estas fechas, tan entrañables para los cristianos, de ninguna manera está reñido con la alegría y la felicidad. Basta leer los Evangelios para percibir el gozo que rodeó aquel suceso tan trascendental que iba a transformar la historia de la humanidad. Lo que debiera entristecernos, más bien, es la cruda realidad que viven actualmente tantos países en el mundo privados de paz, de justicia, de libertad. Son los pueblos y naciones que sufren la desgracia de la guerra y el flagelo del terrorismo, condenando a numerosas familias inocentes a huir de su tierra, a sobrevivir en condiciones miserables careciendo de lo más elemental para vivir con dignidad. La Nochebuena es una noche santa para millones de creyentes en toda la faz de la tierra. Jesús vuelve a renacer en innumerables corazones y en multitud de familias que lo acogen con fe y gratitud, cantando villancicos al Dios-con-nosotros. Pero, ciertamente, son muchos más los que en estas fechas se alborozan con las luces rutilantes del árbol de navidad, de las calles y plazas iluminadas, comiendo y bebiendo en exceso, sin llegar a descubrir el sentido cristiano de la Navidad.


En los primeros siglos del cristianismo los creyentes dieron un testimonio de fraterna solidaridad que conmovió los cimientos del imperio romano. Hoy los cristianos tienen, también, el compromiso de mostrar al mundo que Navidad es algo más que burbujas de champán en medio de una desbordante cena de media noche. En nuestros días la Navidad se encuentra ante una encrucijada de grandes desafíos. Se aprecia con claridad y prevalece en la sociedad actual el afán de retornar a las fiestas paganas de las culturas primitivas durante el solsticio de invierno, mientras se soslaya, solapadamente, cualquier referencia al nacimiento de Jesús.


Navidad nunca dejará de ser para los cristianos un tiempo de alegría, de amor y de esperanza, como lo fue para María y José la primera Navidad. Un gozo y una esperanza que renacen y se renuevan en cada obra buena que hacemos. Así lo canta el villancico popular: “A Belén se va y se viene por caminos de alegría. Y Dios nace en cada hombre que se entrega a los demás”.


Domingo Urtasun, sacerdote y periodista.

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