Pretendo pregonar que eres mi musa (1)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 05/12/2018 a las 12:24

Amada Pilar:      Si alguien me preguntara hoy si valió la pena tener que trabajar de camarero muchos fines de semana (durante los cursos académicos —y aun después de recibir el título, para ir tirando o sobrevivir—) y los veranos para poder estudiar una carrera (Filosofía y Letras) y obtener una licenciatura (en Filología Hispánica), contestaría, sin esconder lo orgulloso que estoy de ello, que sí.      Si ese mismo alguien u otro distinto me preguntara si valió la pena leer las lecturas obligatorias que los profesores (ellas y ellos) de las asignaturas que cursé me impusieron contestaría (no sin haberme comido previamente los varios prejuicios o sapos que, por unas u otras razones, más bien sinrazones, o no me los pude cepillar o de ellos no me pude deshacer, antes de acabarlos de leer), asimismo, que sí. Y, seguramente, volvería a rememorar las palabras (en latín) que Plinio el Joven escribió recordando, a su vez, las que le escuchó proferir a su tío Plinio el Viejo. En la “Epístola a Bebio Macro”, haciendo referencia a su tío, Plinio el Joven escribió: “dicere etiam solebat nullum esse librum tam malum ut non aliqua parte prodesset” (“incluso solía decir que no hay ningún libro tan malo que no aproveche en alguna parte”). Bueno, pues ese mismo pensamiento o regla de Plinio yo lo vengo defendiendo y sosteniendo de todas las personas habidas y por haber, estén, hayan estado o vayan a estar durante algún tiempo entre rejas, que no ha habido, ni hay ni habrá un solo ser humano que no haya protagonizado a lo largo de su larga o corta existencia alguna acción buena.      Las horas que dedicamos a leer lo que otros (hembras o varones) urdieron nos dejaron un poso que entonces, quizá, no barruntamos el verdadero peso que iban a tener en el futuro, verbigracia, el momento presente, actual, en el que somos nosotros los que nos dedicamos a juntar palabras. ¿Cuántos sospechamos otrora que algunas pocas, pero escogidas, palabras trenzadas por un grupo selecto de autores devendrían con el lento paso del tiempo en fértiles y sugerentes estímulos literarios ahora? Pocos (y rogaría que no me contaran, porque marrarían, entre ellos), muy pocos.    (Continúa.)

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