Ingeniería social
Publicado el 01/12/2018 a las 08:46
Hay políticos que gobiernan no tanto para mejorar nuestras condiciones de vida sino para cambiarnos a nosotros (nuestro modo de pensar, de sentir, de actuar, de ser). Como si las gentes de a pie en conjunto (la sociedad) fuéramos una especie de masa de arcilla a la que pudieran moldear a su antojo mediante el poder político. O como si individualmente fuéramos piezas de un mecano con las que pudieran construir un tipo de máquina que hubieran diseñado. A esa política se le llama “ingeniería social” por su parecido con el ingeniero que diseña y monta una máquina. Por ahí iba hace mucho Alfonso Guerra cuando, sintiéndose todopoderoso (mayoría absoluta del PSOE), dijo: “a España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Antes, en el siglo XVIII el “Despotismo Ilustrado” fue ya ejemplo de ingeniería social. Lo de “despotismo” indica que no fue democrático. Otra ingeniería social fue la comunista: pretendió crear una sociedad y un hombre nuevos. También fue antidemocrático y brutal. La ingeniería social se lleva mal con la democracia: cae inevitablemente en imposiciones, atropellos y abusos. Los ingenieros sociales son soberbios, se creen superiores y con derecho a imponernos sus ideas y a moldearnos.
Es sabido que muchos en la izquierda se creen moralmente superiores, y que todo nacionalista se cree intrínsecamente superior. De esas soberbias necias resulta la ingeniería social del cuatripartito con el programa “Skolae”: se creen con derecho a cambiar el modo de pensar, sentir, actuar y ser de los navarros del mañana en el terreno afectivo-sexual. Y también aquí los ingenieros sociales han sido poco o nada demócratas: niegan el derecho de los padres a educar a sus hijos, imponen totalitariamente sus creencias, unas prácticas, un modo de ser. Y resulta también la ingeniería social de la “política identitaria” abertzale que llevamos soportando toda la legislatura. La mayoría de los navarros somos de cierta manera: ni hemos tenido ni tenemos especial interés en saber euskera (las encuestas lo muestran), ni queremos ser parte de Euskadi. Pero el cuatripartito nos impone una política que trata de cambiarnos, de que queramos eso que no queremos hacer ni ser. Si pudieran conseguirlo hoy mismo, de golpe, lo harían: harían obligatorio ya el estudio del euskera en la enseñanza, harían que saber euskera fuera ya una condición necesaria para ser funcionario y decretarían la integración en Euskadi. Pero no pueden. Provocarían tal reacción que perderían las elecciones. La ingeniería han de hacerla poco a poco, para no generar en nosotros un rechazo que les cueste el poder.
Como en otras ingenierías sociales, también aquí hay abusos, engaños, privilegios, atropellos, desigualdades ante la ley, políticas en fin poco o nada democráticas: se deroga la ley de símbolos para poner la ikuriña, se hace que haya ciudadanos de primera (que saben euskera) y de segunda (que no saben) y se favorece a los primeros y se perjudica a los segundos a la hora de ser funcionarios o de obtener subvenciones o hacer negocios. Se multiplican las ayudas económicas y funcionariales a lo relacionado con el euskera, se favorece de muchas maneras que aquí no hay espacio para señalar el mundo del euskera y de lo vasco, mientras se margina por ejemplo al PAI. Se hace que 41 municipios pasen a ser zona mixta porque lo han pedido sus Ayuntamientos, pero se impide que la Cendea de Cizur, que lo ha pedido, salga de la zona mixta a la no vascófona. Cabría seguir. Esto último nos lleva a una cuestión crucial: ¿la política identitaria del cuatripartito, su ingeniería, va a ser reversible o irreversible? ¿Se desmontarán o no los mecanismos que el cuatripartito ha montado? Si Chivite pacta con Geroa Bai, no tocará la ingeniería hecha. Si hay una mayoría no abertzale en el Parlamento, ¿se atreverá a deshacerla o se acobardará? No sería una novedad una derecha acomplejada en el poder. Pero si sus montajes identitarios no se desmontan, continuarán con su ingeniería social en cuanto puedan, hasta lograr sus objetivos. Por nuestra parte, los de a pie tendremos en Mayo la opción de mandar al paro político a los ingenieros sociales del cuatripartito. Si no lo hacemos, mereceremos ser manipulados como arcilla o como piezas de una máquina. Y que hagan de nosotros lo que les venga en gana.
Rafael Berro Úriz