Humor, bandera y audiencias

Matías Lizarazu Armendáriz|

Actualizado el 29/11/2018 a las 10:21

La bandera, ¿un simple símbolo o algo por lo que algunos han llegado a entregar sus vidas o, incluso, sacrificar la de algunos ciudadanos? ¿Hay límites en la libertad de expresión? El pasado lunes, 26 de noviembre, Dani Mateo compareció ante el juzgado como investigado de un delito de ultraje a los símbolos de España. Sin querer entrar a juzgar el acto de sonarse la nariz con una bandera nacional, considero más importante el análisis de dos derechos en conflicto: la libertad de expresión y el respeto a los símbolos de todos. Ambos derechos se encuentran recogidos en la Constitución y en el Código Penal, este segundo documento se encargará de marcar la frontera entre actos cómicos y actos antidemocráticos. Respecto a la libertad de expresión, considero que sus límites son establecidos por aquellos que tienen los poderes de los canales de difusión, influencia o prestigio, como pueden ser las grandes empresas, los gobiernos o los periódicos. Por ello mismo, podemos señalar que la libertad expresión es más una herramienta que un derecho, ya que en función de unos intereses u otros, se aplica en una directriz u otra.

Por otro lado, respecto a los símbolos, la función propia del Derecho es reconocerlos y regularlos. El Derecho recoge ciertos sentimientos de la sociedad, los identifica como bien jurídico y los protege. No es cometido del Derecho que los ciudadanos amen esos símbolos ni de los jueces promover ese afecto. Sin embargo, por parte de los tribunales sí exigir su respeto y llegado el caso, castigar la ofensa.

Los chistes protagonizados por los cómicos se mueven con gran frecuencia en un terreno resbaladizo, plagado de matices, en el que los propios humoristas tienen distintas opiniones. La sátira y la ofensa forman el sokatira del humor que puede desatar la carcajada o la indignación. Este caso, como otros muchos, nos obliga a interrogarnos acerca de la tolerancia democrática, del por qué un cómico debe responder ante los tribunales y no hacia su público y de dónde está la frontera que produce el efecto cómico. Mejor aún, nos podemos preguntar por qué la audiencia de ese cómico se escandaliza. ¿No es más fácil hacer un simple “clic” en el mando de la televisión y seleccionar aquello que verdaderamente me resulta interesante? Pero ya estaríamos hablando de otro tema: la responsabilidad de las audiencias.

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