Por un valle de lágrimas amargas (2)
Publicado el 21/11/2018 a las 17:29
(Sigue.) Si Catulo pide a su amada que sea ella la que le bese, yo varío (vea el lector aquí desvarío o no) la perspectiva, el punto de vista, porque lo que te solicito a ti, Pilar, es que sea yo el que haga ese menester, que me permitas gozar del inmenso e intenso placer que, sin ninguna duda, me reportará besar con mis labios y lamer con mi lengua, de arriba abajo (o viceversa) y de derecha a izquierda (o a la inversa) toda la piel que cubre tu desnuda anatomía. Como todavía no ha aparecido el documento que pruebe, de manera fehaciente, que la Lesbia de los poemas de Catulo fue la hermana de Publio Clodio, Clodia, nada nos permite asegurar que la amada y musa del poeta de Verona fuera, stricto sensu, tan real como lo eres tú, Pilar. Quien haya leído las numerosas prosas y versos que te he escrito y dirigido, quien siga la estela o el rastro que unas y otros han dejado puede dar fe de que tú, al menos, sí que existes, sí que eres de carne y hueso y Pilar es tu apodíctico (“incondicionalmente cierto, necesariamente válido”, así define el Diccionario de la Lengua Española dicho vocablo) nombre de pila. Si tú eres la señera destinataria de mis textos es porque durante cuatro inolvidables días, cuatro, en el Puerto de la Cruz (Tenerife), tuve conocimiento de tu existencia. Si tú no hubieras elegido el mismo hotel (Trianflor) y durante las mismas (coincidentes) fechas en las que servidor disfrutó allí sus habituales vacaciones estivales jamás hubiera gozado este menda de la dicha, quiero decir, tenido la oportunidad de mirarte y admirarte, de conversar gratamente contigo y enamorarme de ti y, asimismo, jamás hubiera podido escribir largo o corto sobre ello. Ahora bien, si quien trenza estos renglones torcidos no se hubiera enamorado de ti, tú tampoco existirías literariamente hablando. Nadie (salvo tu más o menos extenso círculo de allegados, deudos y amigos, conocidos y saludados) conocería las virtudes (entre ellas la franqueza o la sinceridad con la que dices las cosas, que te lleva a reconocer sin ambages, verbigracia, que, a veces, eres una borde) que atesoras. Te ama tanto que hasta se asusta al comprobar la calidad, la calidez y la cantidad del amor que te profesa Ángel Sáez García angelsaez.otramotro@gmail.com