Cuando una/o se enamora se enamora (1)

Ángel Sáez García|

Publicado el 08/11/2018 a las 10:28

CUANDO UNA/O SE ENAMORA SE ENAMORA   (Aunque como se lee en “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry —sigo la traducción de Bonifacio del Carril—, libro que vio la luz tanto en francés como en inglés en abril de 1943, “la palabra es fuente de malentendidos”, concédeme, “Chelo” —más tarde entenderás por qué no he podido resistirme a la tentación, a las ineludibles, necesarias y urgentes ganas que me han brotado de llamarte con dicho hipocorístico—, la gracia de que pueda seguir arrancando las epístolas que te trence y remita de la misma guisa —ergo, hazte a la idea de que estas palabras que lees no las estás leyendo en sentido estricto— que he hecho con las precedentes —esta sigue el mismo ceremonial o rito; que “¿qué es un rito?”; si has leído la novela arriba citada, te acordarás de la respuesta que le dio el zorro a la misma pregunta que le formuló el principito: “Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora, de las otras horas”—. Por eso las encierro entre los signos ortográficos de apertura y clausura de este paréntesis)    Amada Pilar:    Permíteme que empiece esta misiva citando a Perogrullo: “Cuando una/o se enamora se enamora”. Con el enamoramiento, no te miento, ocurre como con el embarazo, que o se está encinta, preñada, o no se está; una/o no se enamora un poco ni dos pocos ni tres pocos; se enamora o no se enamora; aquí no hay medias tintas posibles; se está enamorado o no se está.    Transcribo a continuación el final del capítulo XXI de “El principito”, donde vierte su autor qué era o qué significaba para él su “rosa”, o sea, su esposa Consuelo (ahora entenderás por qué te he llamado arriba “Chelo”) Suncín:    “—Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.    “El principito se fue a ver nuevamente a las rosas:    “—No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún —les dijo—. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.    “Y las rosas se sintieron bien molestas.    “—Sois bellas, pero estáis vacías —les dijo todavía—. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa.    (Continúa.)

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