Para quererte fue preciso verte (2)
Publicado el 17/10/2018 a las 13:43
(Sigue.) Quienes estamos desparejadas/os y, aunque seamos seres sociables, somos unas/os solitarias/os empedernidas/os, quienes llevamos casi impresionada sobre nuestra cara una diana pidiendo a voz en cuello flechas certeras, quienes estamos en el punto de mira de Cupido, o sea, cuantas/os deseamos y somos deseadas/os, tenemos la obligación moral de desmontar los embelecos (que cabe hallar en derredor) del amor —de cualquier expresión o forma de amor, comenzando por aquel al que somos más adictas/os o proclives— y de confrontar si los hechos, las obras (que no las sobras, aunque suene igual) corroboran o desmienten las palabras que nos musitó al oído quien intentaba camelarnos, seducirnos. Juzgo que, si damos nuestra aquiescencia a que cuanto rodea al amor se sirva de nosotros para divulgar sus patrañas (trolas, bolas o bulos), haremos dejación de una de nuestras principales funciones, de nuestra labor supervisora, y devendremos en sus más que portavoces, “portacoces”, que acaso sea, dentro del lato ámbito de Eros, lo que más detesto ser. Aunque Luis Cernuda Bidón urdió estos tres inmarchitables versos, tres (“Tú justificas mi existencia: / Si no te conozco, no he vivido. / Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”), para otra persona, a mí me apetece hoy un montón (aunque sé de la imposibilidad que entraña el hecho) pedírselos prestados para poder trenzártelos, tras recibir su preceptivo consentimiento, a ti, Pilar, por esta razón de peso, porque, precisa y preciosamente, son los que me hubiera agradado sobremanera que tú, pensando en mí, hubieras escrito en un folio y mandado, dentro de un sobre, a mi dirección postal. Te ama tanto que hasta se asusta al comprobar la calidad, la calidez y la cantidad del amor que te profesa Ángel Sáez García angelsaez.otramotro@gmail.com