Vemos a las personas como somos (2)
Actualizado el 15/10/2018 a las 14:59
VEMOS A LAS PERSONAS COMO SOMOS (2) (Sigue.) Así pues, tras haber dejado arrumbada a la nada en el sótano o en el desván, reparo en que el lugar que ocupará ahora la susodicha acaso lo ocupaba antes el arpa de la Rima VII de Bécquer (“Del salón en el ángulo oscuro, / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo / veíase el arpa...”) o, en su defecto, la lámpara, maravillosamente empolvada, de Aladino, o quizá el inopinado enamoramiento, que uno advierte que escondían o guardaban en su caja fuerte los versos séptimo y octavo de “El Frasco”, poema de Charles Baudelaire: “A veces encontramos un viejo frasco que se recuerda / Del que surge vivísima un alma que resucita”. Ergo, después de releer los párrafos precedentes, concluyo y juzgo que no vemos a las personas como son, las vemos como somos. Tengo para mí que atrajiste mi atención por esta señalada y descollante razón, porque, aunque fuera de refilón, mi mirada, previamente, se percató de tu presencia y te acarició. Yo te rocé con las pupilas de mis ojos; y como mis niñas no fueron reprendidas por las tuyas, deseadas (y, al mismo tiempo, deseantes), las mías insistieron en mirarte y admirarte. Y de la admiración brotó el milagro, mi inesperado pensamiento o sentimiento (porque, si piensa el sentimiento, también siente el pensamiento, como sentenció Unamuno) de que me había enamorado, de modo omnímodo, de ti, Pilar. Te ama tanto que hasta se asusta al comprobar la calidad, la calidez y la cantidad del amor que te profesa