La misión de Barkos

Manuel Sarobe Oyarzun|

Publicado el 09/06/2018 a las 08:45

Cuando el 22 de julio de 2015 Uxue Barkos Berruezo prometió respetar, mantener y mejorar el régimen foral navarro, no expresaba una convicción personal. Se limitaba a cumplir lo preceptuado en el art. 25 de la Ley Foral 14/2004. Un formulismo. Algo que a nadie debería extrañar pues, para una nacionalista vasca, defender el actual estatus de Navarra es incompatible con su proyecto político.


La de Geroa Bai no será recordada por su gestión ordinaria. En Sanidad los problemas son tan crónicos como la diabetes. El Departamento de Educación es el camarote de los hermanos Marx foral. La política fiscal provoca la fuga de contribuyentes. En materia de infraestructuras ha sido una legislatura perdida. Beaumont no se entiende ni con policías ni con bomberos...


Y es que Barkos está llamada a una misión superior: hacer realidad el sueño del xenófobo Arana. Sin prisas, pero sin pausas. Con la impagable ayuda de IU y Podemos. Empezó cortando amarras con el Estado al prescindir del Rey en la entrega del premio Príncipe de Viana. Allanó después el terreno para que la iconografía nacionalista se visualizara en los edificios oficiales, derogando la Ley de Símbolos. Del trabajo de campo se ocupan los “Asirones” de turno. Alcaldes de Bildu que no tienen valor para condenar a ETA, pero sí para izar ikurriñas. Una “ekintza” que para un abertzale de aquí es “lo más”. Acciones por las que son repetidamente condenados, lo cual les trae sin cuidado porque la factura de sus ilegalidades las paga el pueblo llano. Es descorazonador ver cómo ni la Presidenta ni el Parlamento de Navarra asumen la defensa de nuestros signos de identidad. Son, para nuestra vergüenza, los jueces de lo contencioso, o sea, funcionarios del Estado, quienes se encargan de ello.


Barkos defiende campanudamente el autogobierno solo cuando Madrid recurre leyes forales. Pero calla ante el delirante borrador de Estatuto vasco que propugna una integración en Euskadi que echaría el cierre a nuestro Parlamento. Se justifica repitiendo el mantra de que Navarra será lo que los navarros quieran. Tan cierto como que está haciendo cuanto está en su mano para que abracemos los designios de Arana. Porque ese y no otro es el papel que la Historia ha reservado a Barkos. Ahora le toca sembrar. No cosechará hasta que el fruto esté maduro.


El nacionalismo vasco cuenta con un gran aliado: nuestra desmovilización. Porque quizás usted perciba el riesgo de que Navarra baje a segunda división, pero no se plantea qué puede hacer para evitarlo. Lo que el cuerpo le pide tras leer esta carta es pasar página hasta llegar a la actualidad rojilla o al chiste de Oroz. Y los abertzales, tan tenaces como pacientes, lo saben. Hay batallas que se acaban ganando aburriendo al contrario. De puro cansos. En ello están. Me considero un ciudadano libre. Y demócrata. No pretendo imponer mis ideas. Aceptaré, de ser preguntado al respecto, lo que la mayoría de los navarros decida. Lo único que reclamo es que quienes se sientan orgullosos herederos de un Reyno milenario y deseen conservar su soberanía porque prefieren que sus asuntos se decidan aquí antes que en Bilbao, defiendan sus convicciones al menos con la misma entrega con la que otros buscan disolvernos en un proyecto que a un supremacista vizcaíno se le ocurrió a finales del XIX, y que pondría fin a nuestro autogobierno. Cosa que no sucedió ni tras ser conquistados por el Duque de Alba. Si creen en algo, luchen por ello. Máxime ahora que ya no matan por opinar. No lo fíen todo a sus políticos. Toca mojarse. También metafóricamente...

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