Iriarte, gracias
Publicado el 08/06/2018 a las 08:20
Leo con pena en las páginas de este diario que el parlamentario de UPN, Iñaki Iriarte López, dejará su escaño en las próximas semanas por motivos personales y, como ciudadano preocupado por el presente y futuro de esta vieja tierra, creo un deber de agradecimiento hacer públicas algunas reflexiones.
Hace mucho que son tiempos difíciles y complicados para la política y, sobre todo, para ser político. Lo era antes, en determinadas formaciones, bajo la amenaza terrorista, y lo sigue siendo ahora, bajo el riesgo del linchamiento personal o la permanente sospecha de ambiciones e intereses espurios. Hace tiempo que se traspasaron los límites de lo razonable en un terreno inundado por las pasiones y abandonado a la razón, donde el rencor, bien alimentado y convenientemente manejado, se ha convertido en arma política. El desprestigio social al que desde la ciudadanía -a veces de forma muy merecida, otras injustamente- hemos sometido a la clase política, hace muy difícil que personas de principios, sin ambiciones personales, con formación, suficiente solvencia intelectual, y una situación laboral estable, den el paso, un paso generoso, a la que, a priori, más que una profesión, debería ser la vocación “de servicio” por antonomasia. Por eso sorprende - a mí al menos- la presencia de personas como Iñaki Iriarte en el mundo de la política y en un parlamento como el actual navarro.
En un momento de absoluto desencanto y escepticismo, las intervenciones de un desconocido profesor vascoparlante de la UPV, “vasconavarroespañol sin (demasiados) complejos ni obsesiones” - como él se define-, doctor en Sociología y diplomado en Filosofía, suscitaron interés y, con el tiempo, han ido aportando nivel intelectual, frescura y un poco de ilusión a la denostada política foral. Pronto, sus artículos de opinión en este periódico sobre las más diversas cuestiones de actualidad -fueran asuntos históricos, lingüísticos, políticos o sociales-, se convirtieron para muchos en páginas de referencia para el análisis, la reflexión y la formación. Algunos, incluso los llegamos a recopilar al considerarlos un valioso testimonio de sensatez y cordura en un contexto social nada prometedor. Sus intervenciones en el hemiciclo foral han aportado momentos de una altura parlamentaria desconocida en esta legislatura.
Lo cierto es que Iriarte ha sido capaz abordar desde los principios y la verdad, el conocimiento y la honradez intelectual, sin la retórica ni soberbia de otros, asuntos candentes y delicados de nuestra historia y realidad presente, evitando tanto los complejos como la pasión. Siempre desde el sentido común, sin tratar de “dar lecciones”, pero argumentando con valentía y confrontándonos con nuestros problemas y contradicciones como sociedad, lo que a algunos, sin duda, ha resultado incómodo e intimidatorio. Algo, insisto, muy poco habitual en la actual política foral, un soplo de aire fresco que muchos echaremos de menos. Al señor Iriarte le deseo suerte y felicidad en lo personal. Le doy las gracias como simple ciudadano y le hago una petición: por favor, no deje de escribir. Para muchos, sus intervenciones y sus palabras han sido y seguirán siendo destellos de lucidez y esperanza para una sociedad mejor en un tiempo extraño.