Profesionalidad en la etapa final
Publicado el 07/06/2018 a las 08:26
El diagnóstico de una enfermedad avanzada en un ser querido, como es el caso de un cáncer en un estadío avanzado, es una de las noticias más difíciles de asimilar tanto para el propio enfermo como para su familia. Miedo, angustia, inseguridad, impotencia, frustración son algunos de los sentimientos que nos invaden y se apoderan de nuestra alma. La persona querida forma parte de nuestro universo y su luz, esencial para nuestra existencia, se ve seriamente amenazada.
Incluso, en el caso de que el enfermo pueda tener una fase de tratamiento activo, lo más a lo que éste puede aspirar es a tratar de controlar y mantener a raya la enfermedad. No parece mucho pero sí suficiente para alimentar la esperanza de quien ansía el milagro. ¿Por qué no? Quimioterapia, inmunoterapia, radioterapia y ensayos clínicos de los Servicios de Oncología Médica tienen un papel fundamental durante este período. Lamentablemente, siempre mucho más rápidamente de lo deseado, llega el momento en el que el tratamiento ya no ayuda. La enfermedad progresa y se descontrola. Las posibilidades de respuesta al tratamiento se minimizan hasta anularse. No se ha producido el milagro y debemos sobreponernos y adaptarnos. El pronóstico se torna en un abanico de síntomas multifactoriales, intensos y cambiantes, difíciles de tratar y controlar, y con un gran impacto emocional en el enfermo y su familia que se siente como un barco sin timón, rumbo a la deriva.
Cuando la cura no es el objetivo, la atención integral y el acompañamiento de su ser querido es una tarea arduo complicada para los familiares. La inseguridad y la culpa se suman a ese cóctel molotov que amenaza con derrumbar nuestros cimientos. Los cuidados y la atención médica para aliviar el dolor y otros síntomas y problemas emocionales y espirituales se tornan esenciales. El equipo del Programa de Paliativos adquiere un papel relevante y la forma en la que efectúa su trabajo es muy importante. La idea de la muerte acecha inevitable y dolorosamente. Y por más que desvías la mirada, por mucho que quieres evadirla, ahí está. Y todos lo sabemos, aunque neguemos la evidencia. Desgarrados de dolor e infestados de impotencia, somos testigos del proceso en el que sutil, lenta e innegablemente se va apoderando de su cuerpo hasta dejarlo sin vida. En estos momentos, cuando el sufrimiento se hace intolerable, la hospitalidad, la empatía, la humanidad, el respeto, la acogida, el acompañamiento; en definitiva, la profesionalidad con mayúsculas sí importa y mucho.
En nombre de nuestro padre, Pedro Mª Zufía, nuestro más sincero agradecimiento al Servicio de Oncología del Complejo Hospitalario de Navarra, en particular, a la doctora Martínez Aguillo, al equipo de soporte a domicilio de San Juan de Dios; especialmente a Eduardo, Ana Belén Ochoa y a la doctora Beatriz Galañena. Y a todos y cada uno de los integrantes del equipo de cuidados paliativos del Hospital San Juan de Dios por su profesionalidad.