Medio siglo de un mes clave

José Ignacio Palacios Zuasti|

Publicado el 29/05/2018 a las 09:07

Mientras que en el plano internacional la primavera de hace medio siglo, 1968, fue la de los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, la del ‘la la la’ de Massiel y la del mayo francés, en el nacional, una actuación rutinaria de un guardia civil de tráfico se convirtió en la primera acción mortal de ETA. Fue el 7 de junio, cuando el guardia José Antonio Pardines paró en Aduna (Guipúzcoa), un coche robado en el que viajaban dos miembros de ETA -Iñaki Sarrasketa y Javier Echevarrieta ‘Txabi’-, les pidió el permiso de circulación y al decir en voz alta que algo no cuadraba recibió un disparo y, cuando ya yacía en el suelo boca arriba, con el permiso de circulación en su mano derecha y su arma en la funda, le pegaron otros cuatro tiros más. Los terroristas huyeron, se refugiaron en la casa de un cura y cuando abandonaron su escondite, una pareja de la Guardia Civil que estaba sobre aviso les dio el alto. Al descubrir las armas, se produjo el tiroteo en el que cayó abatido Echevarrieta y Sarrasketa fue detenido.


ETA, el PNV y el clero nacionalista convirtieron el gratuito asesinato de Pardines en un acto heroico y martirial de lucha por la libertad, pues dijeron que ‘Txabi’ había tenido que disparar a Pardines porque éste lo iba a matar y que después a él lo habían ejecutado esposado y fusilado contra una pared. Hicieron de él su ‘caído’, “un muerto por todo el pueblo vasco”, con lo que lo elevaron a la categoría de mito -como el Che Guevara- y generaron una inesperada ola de simpatía popular hacia ETA.


El asesinato de Pardines y la posterior muerte de ‘Txabi’ coincidieron en el tiempo con la aparición en Navarra de los primeros curas obreros que declaraban a este periódico el 16.05.1968: “No somos curas-obreros, sino obreros curas. Nuestra razón de trabajar no es hacer apostolado obrero. Es compatible ejercer las funciones del sacerdocio con el trabajo”. Y coincidió, también, con la grave crisis del Seminario, que llevaría a su cierre, en la que 33 superiores y profesores del mismo presentaron su dimisión al Arzobispo el 18 de junio. Casualmente, ese mismo día 18, un numeroso grupo de personas protagonizaron una manifestación ante el arzobispado, que Diario de Navarra (19.06.1968) narró así: “Sobre las nueve y media de la noche de ayer, un grupo de unas 300 personas, jóvenes en su mayoría, se manifestaron ante la puerta del Palacio Arzobispal de nuestra ciudad como protesta, al parecer, por no haber permitido la celebración en la parroquia de San Nicolás de una misa en sufragio del joven fallecido hace unos días en Guipúzcoa. Los manifestantes después de gritar frases ofensivas contra nuestro Prelado y tras un conato de incendio en la puerta del Palacio, rápidamente sofocado por los bomberos, fueron dispersados por fuerzas de la Policía Armada que efectuaron varias detenciones”. ¿Hubo relación entre el funeral por el miembro de ETA, el plante ante el arzobispado y el problema del seminario? Diario de Navarra en los días posteriores veía vinculación entre esos hechos porque, como escribiría después Pedro María Ortiz de Zúñiga en su artículo ‘El problema vasco y su incidencia pastoral’ de Vida Nueva: “En este clima crecientemente politizado hay sacerdotes que consideran que su primer deber es ‘defender al pueblo vasco oprimido’. Sus contactos y acción mentalizadora sobre jóvenes de la ‘guerrilla’ es ‘innegable’”. Y, más tarde, la IV Asamblea de las Comunidades Cristianas Populares de Euskadi aprobaría un documento en el que se dice: “Nos sentimos solidarios con las clases y sectores populares y metidos en su proceso por la liberación nacional y social de Euskadi; y desde ahí, como comunidad de creyentes en Jesús de Nazaret y asumiendo su causa y sus valores, nos sentimos llamados a elevar nuestra voz …”.


Sí, junio de 1968 no fue un mes más sino que fue un punto de inflexión porque, después del asesinato de Pardines, ETA cometería 3.570 atentados terroristas y asesinaría a 854 personas más; y la crisis del Seminario sería la punta de iceberg de otra más profunda y más amplia: la crisis de sacerdotes y de religiosas/os que hoy padecemos. Por eso, aquellos que sembraron tales vientos sabrán la cuota de responsabilidad que tienen en las tempestades que después hemos cosechado.

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