La memoria histórica

JAVIER FATAS CEBOLLADA|

Publicado el 06/05/2018 a las 11:32

9 de mayo de 1976. Montejurra. Una mañana nubosa y fría. Explanada de Irache Se canta el Himno a la libertad de Labordeta. Alguien con corbata, gafas oscuras, bigotillo y gabardina, sacó una pistola y mató a un joven. Sixto de Borbón y otros guerrilleros armados esperan a que los seguidores de Carlos Hugo lleguen a la cima: un tableteo de arma corta se encargó de asesinar a un estellés de dieciocho años.. Pánico y confusión en unos momentos cruciales de la transición española. Hoy se habla de usar honestamente el pasado y que no es preciso solo la historia, también es necesaria la Memoria. Desgraciadamente cuánto importa el color de quienes gobiernan en un país o la trascendencia con la que se sostienen las ideas de dichos asesinados para que su memoria se mantenga. Para aquellos sucesos de Montejurra no hubo ni juicio ni cárcel contra los asesinos. La rapidez con que la memoria y la historia ha engullido aquellos hechos se debe a la escasa trascendencia que el carlismo autogestionario de Carlos Hugo tuvo en la transición española o al interés de los gobiernos en su silencio. ¡Todos sabemos cuándo se pudieron abrir las cunetas de las carreteras para buscar muertos de la Guerra Civil!. ¡Qué triste sería que asociásemos a los muertos por ETA con una forma de Estado o de gobierno y cayeran olvidados cuando otros gobiernen! Muertos de ETA pudimos ser cualquiera de los españoles, simplemente por comprar en unos almacenes o pasear por la acera de un cuartel, y su muerte debe entenderse con una inmensa rabia pero también con una inmensa cercanía y gratitud hacia tantas familias abatidas por el duelo porque la muerte de esos seres queridos pudieron ser nuestras muertes.

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