'Delenda est Carthago!' o la demolición del Monumento

Tarsicio de Azcona|

Publicado el 20/04/2018 a las 08:45

Cartago fue para Roma una bestia negra y Catón el Viejo no cesaba de recordárselo a los senadores, urgiendo su destrucción con la consigna ‘Delenda est Carthago!’. Fue Publio Escipión Emiliano quien puso fin a las guerras púnicas, no sólo con sus legiones, sino recurriendo a otros valores, por ejemplo la cercanía y la buena vecindad, puesto que Roma podía recibir de Cartago higos frescos en tres días. Urgía superar la guerra y vivir la paz con inteligencia y buen talante.

En el escenario de la historia han surgido innumerables Catones, que han adoptado y adaptado el lema a su circunstancia y a sus intereses. Así en la capital de Navarra se actualiza en estos días la vieja consigna aplicada a un Monumento dedicado a los caídos en la guerra de 1936. Se escribe y se vocea: es hora de destruir el monumento desde la cúpula hasta la cripta. ‘Delendum est monumentum!’ . No será eso lo que se dice a la opinión, pero es la realidad tapada y ladeada por algunos partidos políticos, que emplean el Monumento entre confusión de motivos y retraso de décadas de tiempo. Se pide destruir, incluso arrasar, el Monumento por su sentido intrínseco y de origen. Tan sólo faltaba la sal para después del demoche o de la demolición. No es que aquí se quiera saltar los siglos y equiparar los hechos, Cartago y el monumento, tan diferentes y distantes, pero sí comparar las actitudes y apreciar los intereses que se barajan.

La tesis de la destrucción del monumento es belicista y tan alejada de la paz como la desacordada ley en que se apoya. Y es que aquí y entre nosotros aparece y se interpone, por desgracia, un árbol que impide ver el bosque. Es el árbol de la frondosa y viral rivalidad política y de la separación partidista que corroe y destroza el olivo de la reconciliación y del bienestar social, que no granan por falta de un perdón urgente, valiente y respetuoso, y por un profundo olvido del bien común.

La destrucción sería una depauperación plausible en una ciudad que tan a fondo ha sufrido la piqueta a lo largo de su historia. Basta abrir Internet para apreciar los monumentos abatidos por el azadón en España, aunque aquí y por ahora se aluda sólo a algunos casos descritos y documentados para Pamplona.

Así en 1512 fue derribado el convento medieval de san Francisco, situado en el Bosquecillo (Hotel Tres Reyes) y trasladado a la actual plaza de San Francisco. Existen relatos sobre la magnificencia cultural y artística de este monumento. Es lógico que sigan acumulándose protestas contra el desmoche llevado a cabo en 1516 por los castellanos en Navarra. Ahí queda la lista de fortalezas, murallas y viviendas nobles. Quienes protestan han cambiado de identidad. Son ellos quienes apelan ahora a la destrucción. Como no sea que el gran pecado del Monumento sea que pertenece a Pamplona, cabeza y corazón de Navarra, una en sí misma. El árbol sigue interponiéndose y no deja ver el bosque. Ni conviene olvidar los derribos de 1795, al tiempo de la guerra de la Convención, cuando cayeron por tierra los seculares monumentos de Trinitarios, de Santa Engracia (clarisas), la ermita de San Juan de la Cadena, propia de la ciudad, así como trozos de murallas y barrios enteros. Más de dos siglos ha costado reconstruir el barrio de la Rochapea, privado para siempre de sus monumentos emblemáticos seculares. Existe estudio documentado, como poco conocido, sobre este derribo. Pasaron las guerras púnicas… aunque no los “catones” a medida de su conveniencia. Ojalá se superase la consigna de Catón para Cartago y, por extensión, la opinión de algunos para el monumento de Pamplona.

Es tiempo de olvidar la consigna ‘Delenda est Carthago!’ en todo el orbe y, en concreto, en Pamplona referida al Monumento a los caídos.

Entre otras razones, porque resulta más justo, positivo y noble el criterio del emperador Trajano en su rescripto al procónsul Plinio el Joven, para fijar la actitud del magistrado: “De ningún modo debe darse curso a libelos sin firma del delator, pues eso, además de ser de pésimo ejemplo, es indigno de nuestros tiempos” ( J. Zameza, La Roma pagana y el cristianismo. Madrid 1941, p. 175). Aunque sólo fuese por razón de nivel cultural, se impone elevar un “no rotundo” a la destrucción y a toda transformación sustancial del Monumento a los caídos. Sería indigno de Navarra y, en especial, de Pamplona a estas alturas del siglo XXI. Si se destruye el Monumento, gritarán las piedras (Lc 19,40).

Tarsicio de Azcona es investigador en Historia

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