¿Un futuro reconciliado?

Rafael Berro Úriz|

Publicado el 10/04/2018 a las 09:49

Tras ganar la guerra, el franquismo impuso en España como obligatoria su Memoria histórica: su visión del pasado y del presente de España. El aspecto coercitivo de esa Memoria estaba ya muy debilitado el año 75 y cesó con la reconciliación y la apuesta por un futuro común que superase a las dos Españas enfrentadas. Pero desde la Memoria histórica de Zapatero ha ido ganando fuerza una izquierda guerracivillista que ha abandonado la reconciliación y el futuro común y está empeñada en hacer, ochenta años después de aquella guerra, lo mismo que hizo el franquismo pero al revés: imponer su propia versión de esa etapa histórica, de la preguerra, de la guerra y de la posguerra. Pasa por alto un detalle importante: ese tipo de imposiciones sólo se pueden hacer en una dictadura. Sólo ahí cabe imponer por ley como obligatoria para toda la sociedad su verdad sobre ese pasado, castigar con multas a quien no se someta a la nueva verdad oficial, quemar libros, expulsar profesores indóciles, etc. Es una pretensión estalinista. Para la izquierda guerracivilista el Monumento a los Caídos de Pamplona es el caso práctico por excelencia al que hay que aplicar su ideología de la Memoria histórica. En primer lugar, los 4.704 navarros que murieron en el frente (y los 43.000 que salieron en los tres años) eran unos fascistas antidemócratas que dieron un golpe de Estado contra los demócratas que legítimamente ejercían el poder.


Sus nombres, y los de los navarros de derechas asesinados en las cunetas en la zona dominada por la izquierda, han de ser olvidados. Por el contrario, los nombres de los izquierdistas asesinados en las cunetas navarras han de ser publicitados y homenajeados. Además, cualquier monumento a los muertos de derechas será un monumento al fascismo, y por tanto se considerará intolerable, mientras que los monumentos a los muertos de la izquierda no serán monumentos al estalinismo sino gestos de reparación y de justicia histórica. Si la derecha acepta estos planteamientos desigualitarios y discriminatorios, o si no aceptándolos se somete a ellos, estará en primer lugar traicionando a la verdad. Porque la izquierda española el año 36 no era mayoritariamente democrática sino golpista y revolucionaria, y no quería un sistema democrático para España sino un calco de la URSS: un país estalinista, la dictadura del proletariado. Y porque las elecciones de febrero del 36 por las que la izquierda se hizo con el poder del Estado fueron fraudulentas. También porque el Estado en manos de la izquierda fue un Estado fallido en el que reinó la violencia, cuando no un Estado terrorista que ejerció la violencia de manera ilegal (asesinato de Calvo Sotelo e intento de asesinato de Gil Robles). Y porque la ideología dominante entre los sublevados, al menos en Navarra, no fue el fascismo sino quizás el carlismo. La mayoría se sublevó para oponerse al estalinismo que veía que se le iba a imponer.


Si la izquierda exige respeto por sus muertos, no tiene derecho a que eso se haga a costa de no respetar los muertos de la derecha. Y si la izquierda levanta, como hace en Navarra, monumentos a sus muertos, la derecha no puede aceptar que eso se haga demoliendo o eliminando los monumentos a sus muertos. Permitirlo sería una indignidad, una traición. O todos o ninguno. Con imposiciones de unos sobre otros no hay futuro común.

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