Monumento a Navarra, la de todos, desde una era nueva
Publicado el 11/03/2018 a las 08:34
El ayuntamiento de Pamplona ha coordinado con plausible criterio una consulta sobre el porvenir del Monumento a los caídos, edificado en dicha ciudad después de la guerra de 1936.
En respuesta, se ha podido escuchar una nutrida coral y una potente orquesta de voces y plumas que optaban por su derribo total, su conservación, por su transformación, por su transfiguración, o por dejarlo como está a merced del microclima y de la inercia. Todas las respuestas aludían por necesidad al motivo y a la dedicatoria del monumento. Ese era el problema. Como dirían los latinos “Hic opus, hic labor”! Esa es la cuestión, esa la tarea. Para ayudar a llevarla a cabo, sea permitido arrimar de nuevo el hombro proponiendo algunas sugerencias.
En primer lugar, un monumento a Navarra. No es hora de divagaciones, sino de concreciones. Es hora de que Navarra, el viejo reino y ahora comunidad foral, sea considerada por sí misma (per se) como la gran madre y señora de todos los navarros, sin disensión, como en los mejores tiempos, por encima de todo conflicto. Ella es la que merece un nuevo monumento a su medida, sin hacer de menos al que se eleva enhiesto en la columna del paseo de Sarasate. Éste es signo y símbolo, pero parece conveniente añadir y prestarle nuevo relieve, como lo merece tal progenitora. En esta dedicatoria tendría cabida la entrañable presencia de las madres navarras, que son honor indiscutible de nuestro pueblo. Ellas merecen especial recuerdo, porque han sido y son la flor de la navarridad y el eslabón de la familia dividida.
Sería posible colgarle otro título o letrero y presentar el monumento como un salón de reclamo mundial, al ritmo del que ya ostenta de hecho la fiesta patronal del mes de julio. No se trata de contraponer imágenes y realidades, sino de darles coexistencia y apoyo mutuo. Ambas saldrían ganadoras. A Navarra.
En segundo lugar, un monumento de todos y para todos los navarros. Navarra presume de catedrales, las joyas de Tudela y de Pamplona, pero necesita tener una casa común, foro y escaparate para dar a conocer a su gente, su historia, sus pueblos y estirpes, su penoso trabajo de siglos, sus alegrías y sus penas, sus virtudes y sus pecados. Sería la casa de todos, porque todos hemos nacido en ella. Pedro de Sada lo sentía con hondura: “cuando la casa vecina se quema, de tu negocio se trata”. Contra la distancia y lejanía son necesarios signos, como este monumento, que inviten a la solidaridad, meta y cima de nuestro pueblo. La de todos.
Y, en tercer lugar, un monumento para una era histórica nueva. Avanza la era digital, informática y planetaria. Es la edad de una humanidad distinta desde los sectores primarios y elementales de la existencia. Algo nuevo vive ya y esperan la persona, la familia, la educación, la salud y la enfermedad, el trabajo y el ocio, el bienestar y la penuria. El cambio se abre paso en creciente de expectación ante nuestros sentidos atónitos. Desde un específico monumento a Navarra cabría discernir e interpretar este movimiento cultural cósmico y darle la orientación local precisa y más oportuna. Desde una era nueva.
Compete a la fe y a la cultura, a la filosofía y a la ética, a las letras, a las ciencias y a las artes, a las instituciones y a los particulares, encender la llama de la inspiración y adelantarse a dicha era que llama a la puerta con inexorable y agudo picaporte. Por supuesto, en tanto y en cuanto cabe encarnar y significar en un Monumento, válido por un pequeño capitolio. Ni se olvide que posee ya un sitio de excepción y una traza de gran nobleza para ventaja abultada del bolsillo comunitario. Le faltan transformación e incluso transfiguración, ante los tiempos nuevos. Sea todo por la paz, empatía y bienestar de la Comunidad Foral plena. A Navarra, la de todos, desde una era nueva.
Tarsicio de Azcona es investigador en Historia.