El cáncer de la movilidad urbana

Daniel Lopatnikov Rojo|

Publicado el 09/03/2018 a las 15:10

En aras de la sostenibilidad, las ciudades occidentales se apuntan cada vez más a una tendencia que rompe con los esquemas interiorizados durante el siglo XX. El modelo de ciudad que se consagró durante ese siglo tendía a idealizar la vida suburbana facilitada por los desplazamientos en coche privado y la creación de grandes avenidas autopísticas que conectaran rápida y cómodamente la periferia con el corazón urbano. Desde el departamento de sociología de la UPNA y en el marco de mi tesis doctoral, investigo acerca de la apropiación social del nuevo paradigma de movilidad. Sin intención de entrar en detalles acerca de la propia tesis, querría compartir una breve reflexión acerca del apego y las inercias que se han ido generando y las dificultades a la hora de revertirlos. Se trata, sin duda, de un gran reto.Comenzaré mi argumentación de forma algo provocadora, aunque intencionada: ni el transporte público ni el taxi, ni la bici ni la bici eléctrica, ni tampoco las apps de carsharing y carpooling, ni cualquier otra forma de movilidad son la solución única al problema. Por unos motivos u otros (dispersión en zonas periurbanas en el caso del transporte público, por ejemplo), no es esperable que ninguna alternativa al automóvil privado se imponga como hegemónica en el corto o medio plazo. Sin embargo, nos encontramos con que la colonización de la ciudad por parte del automóvil y su uso masivo han conllevado unas consecuencias indeseadas: contaminación, uso de espacio público, ruido, congestión, etc. Aunque electrificáramos los coches y toda la energía eléctrica que los alimentase fuese renovable, éstos seguirían exigiendo un espacio que podría utilizarse para muchos otros fines y podrían saturar el tráfico urbano igualmente.¿Es entonces el automóvil el problema y no existe ninguna solución? En mi opinión, no. El cáncer de la movilidad urbana en términos de sostenibilidad es nuestro “autosolismo” por defecto o por costumbre. Conviene subrayar que está comprobado que la media de ocupación de un coche es de algo más de una persona, sin llegar ni siquiera a dos. Este es el principal problema: no el propio coche, sino el uso rutinario que se le da. Nos lo impongan o no las administraciones, los ciudadanos deberíamos tomar nuestras decisiones conscientemente y ganar en libertad en ese sentido. Cuando actuamos por costumbre y apego al coche no somos del todo libres. Muchas veces contamos con alternativas (no necesariamente motorizadas o con ruedas, también lo es caminar) y deberíamos ser capaces de escoger entre ellas, juzgando diferentes aspectos. Si, una vez valorados, mi mejor opción sigue siendo usar mi coche privado e ir solo o sola, adelante. Al menos me habré planteado otras opciones y seré consciente de que estoy tomando una decisión, lo que supondría un primer paso de cara a un futuro urbano que se prevé menos dependiente del coche en propiedad, con un mayor abanico de opciones y que podrían revolucionar más adelante los coches autónomos.

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