A Salou con la niña de 2 años: ¿vacaciones de verano para mí?

Paseo de Jaime I en Salou
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Jesús Martínez Ganuza

Actualizado el 21/08/2026 a las 07:35

Primeras vacaciones oficiales con mi vástago de dos años, destino Salou. Sí, lo sé, he arriesgado mucho. Meses cayéndoseme la baba viendo en el ordenador las fotos del hotel, el buffet, los toboganes… pero antes de llegar a eso, hay que sobrevivir al día de salida. Cargas el coche organizado, pensando cómo meter todo el Tetris a unos 38 grados a la sombra, con el cortisol ya por las nubes. Sálvese quien pueda. Pones el GPS: 4 horas y media. ¿Cuánto dura la discografía completa de Frozen? Pasas Tudela, todo bien, la cría dormida. Te vas acercando a Zaragoza y decides que, para ir entrando en calor de agobios y comida de dudosa calidad, paras en Puerto Venecia.

Craso error. Puerto Venecia a las dos de la tarde en agosto no es un centro comercial, es un espejismo climatizado al que peregrinan quinientas familias con el mismo plan maestro que tú: “paramos media horita a estirar las piernas”. Aparcas en el planeta Marte porque el parking de superficie es un océano de asfalto ardiendo, y haces el trayecto hasta la puerta con la niña a hombros, sudando como si acabaras de correr una maratón, mientras calculas si el golpe de calor entra en el seguro de viaje. Dentro, cola de aeropuerto en la franquicia de turno, un lago artificial que promete frescor y solo aporta humedad, y tú, pidiendo un menú a precio de aeropuerto internacional, preguntándote en qué momento de tu vida decidiste que esto era “hacer una parada tranquila”.

Vuelves al coche recalentado, metes a la niña en la silla, y retomas la A-2 con la moral por los suelos y el aire acondicionado a full. Llegas al hotel, check-in, y agárrate: lista de espera para el parking. Aparcas donde San Judas Tadeo perdió la chancla, mientras tu mujer embadurna en crema a la zagala y al agua. Parece que ha sobrevivido.

Pero no ha empezado lo mejor. Buffet libre, y qué ven tus ojos en el desayuno: pochas y salchichas para desayunar, todo el armamento pesado para guiris. Ya te han hablado dos veces en inglés. Codazos con escoceses, franceses y algún irlandés para conseguir el último hash brown, que por algún motivo es lo único que come tu hija en toda la estancia. Será por algún antepasado vikingo.

Y sin embargo, todo esto se disuelve por completo cuando ves a tu hija bajar por el tobogán la vez número 800, chillando de risa como si fuera la primera, y luego posar muy seria para la foto con la mascota del hotel, ese bicho de peluche gigante que le da más miedo que ilusión pero que aun así abraza. Cae rendida esa noche antes de terminar el cuento, con la crema solar todavía pegajosa en algún pliegue que se te olvidó frotar bien, y ahí, con la niña grogui y el silencio por fin instalado en la habitación, entiendes que sí, ha merecido la pena.

Jesús Martínez Ganuza

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