Mirar al sol cada mañana

Laura Arribas Berendson

Publicado el 14/08/2026 a las 08:22

Cada vez que animo a alguna amiga a levantarse media hora antes para contemplar el amanecer, la salida del sol, me encuentro con una negativa acusadora por respuesta. ¿Estás loca? ¿Media hora antes para ver el sol? Con las prisas que tengo yo a esas horas para correr al trabajo… solo tengo tiempo para tomarme un café y un par de galletas. Mal, muy mal, además, por el café bebido y por las galletas.

El eclipse ha movilizado a unos 6 millones de españoles, 446.700 turistas, alrededor de 33.600 agentes de la Guardia Civil y la Policía Nacional, para custodiar 13 comunidades autónomas en las que el eclipse se vería en su totalidad. Hoteles al 100%, con habitaciones de hasta 1.000 euros la noche, reservadas con un año de antelación; 347 millones de euros de impacto económico. El gasto medio del turista se ha calculado en 1,506€ mientras que el del español medio se estima en 335€… Encontramos una cierta desproporción entre la gigantesca movilización humana, económica y emocional que ha provocado el eclipse y la brevedad del fenómeno. Pero, para muchos, había que estar allí. Y, de hecho, fue maravilloso verlo.

Necesitamos maravillarnos, y contemplar, lo que de manera excepcional ocurre y nos presenta: la inmensidad del universo, el orden físico, la precisión del movimiento de los cuerpos celestes, la estabilidad de ese orden, la perfecta alineación del sol, la luna y la tierra. Todo esto nos llena de un asombro sagrado ante lo inabarcable.

Me atrevo a rozar el pensamiento de Santo Tomás, cuando él, en su Suma Teológica observa que en la naturaleza existen seres que carecen de inteligencia y, sin embargo, actúan de manera regular y ordenada, orientándose hacia determinados resultados. El mundo natural manifiesta regularidades y direcciones. No obra al azar, sino que lleva intrínsecamente una intención. Está dirigido -el universo- por alguien inteligente que dirige las cosas. Dios no juega a los dados.

El eclipse que observamos ayer ha sido maravilloso. Espectáculo y previsión. Así, el universo se nos presenta como una realidad ordenada e inteligente. Por lo menos, servirá para hacernos preguntas.

Quiero rescatar de todo este evento, la necesidad de mantener la capacidad de asombro para la vida diaria. Tenemos una extraordinaria capacidad para maravillarnos ante lo excepcional, pero ¿qué pasa con las maravillas de lo cotidiano? Lo excepcional del eclipse nos puede llevar a apreciar que la precisión del universo la podemos ver todos los días. Y debería de llevar implícito el mensaje que nos devuelva la mirada a lo que ocurre cada día, pero que, por rutinario, hemos dejado de ver. El sol aparece todos los días. Necesitamos que el Sol se apague durante un minuto para descubrir que estaba allí todos los días. Y a penas reparamos en ello.

Cada mañana sucede ante nosotros el prodigio cósmico y apenas levantamos la vista: aparece el Sol en el horizonte, la Tierra continúa su movimiento con una regularidad extraordinaria y, al caer la tarde, el sol vuelve a ocultarse. Sin embargo, probablemente, no levantaremos la mirada para contemplarlo y mucho menos nos levantaremos media hora antes para hacerlo en plenitud. Quizá el verdadero lujo de nuestro tiempo no sea, tanto, viajar para contemplar fenómenos excepcionales, sino conservar la capacidad de observar lo que no cuesta nada: un amanecer, una puesta de sol, el cambio de las estaciones, la luna, las estrellas. La vida misma.

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