Pagar por existir: física y digitalmente

Begoña Miralles Arrondo

Publicado el 03/08/2026 a las 07:16

 Últimamente he visto a muchas personas subir a redes sociales sus presupuestos del mes y cómo lo gestionan. Llama la atención, por lo menos a mí, la gran parte del sueldo mensual de muchas personas que se va en la etiqueta generalista de “suscripciones”. Resulta algo absolutamente digno de estudio. Es el nuevo gasto fijo. Ya no solo tenemos como gasto fijo la vivienda y la alimentación, sino que también tenemos que pagar por ocupar espacio en la red: almacenamiento en la nube, suscripciones de Netflix o plataformas de series y películas, suscripciones premium de plataformas como LinkedIn o de inteligencia artificial generativa... Mejoras y más mejoras. ¡Todo puede ser premium! Claro, si pagas; también puedes pagar por tener menos anuncios, por no esperar, por tener prioridad en Uber, puedes pagar por todo. Es cierto que este fenómeno es especialmente visible en las grandes metrópolis, pero tarde o temprano estas dinámicas terminan alcanzando a ciudades intermedias como Pamplona. Parecerá una exageración, pero lo vemos con la llegada progresiva de plataformas como Bolt o de servicios de delivery masivos que antes no existían como necesidad. 

La máxima del modelo es clara: si está disponible, se acaba usando; si se crea la infraestructura, el consumo la sigue. Aquí hay varias cosas, algunas de ellas invisibles a priori. Por un lado, la más clara es la creación de necesidades: nada nuevo, todo el mundo conoce las funciones de antaño de la publicidad y del marketing: te creo una necesidad y luego la satisfago. Pero hay otra aún más interesante: la aceptación de que hace tiempo que ya no ocupamos únicamente un espacio físico, sino que ocupamos y pagamos, también, por un espacio no físico: en la nube. Pienso en casos que aparentemente uno pasa por alto, pero: yo puedo tocar música gratis en la calle, tener ahí mis discos grabados y a la gente que le guste que los compre. O puedo pagar Spotify para que mi música esté ahí y que la gente la pueda escuchar gratis. No sé si la gente realmente se da cuenta de que pagamos para dar nuestro tiempo: Netflix, Spotify, todo. Donamos tiempo y datos gratis, y pagamos por ello en sentido estricto y/o figurado. Es decir, cuando donamos datos gratis pagamos por ello en el sentido de que esos datos los venden unas empresas a otras para ofrecernos cierto tipo de productos y de publicidad. Quizás ese monto fijo de suscripciones que se va de nuestro sueldo es el costo a pagar para mantenernos en ciertas esferas sociales. Es el coste de “estar dentro”, de ver esa serie de Netflix de la que hablan tus amigas, de estar en la red social en la que las personas que conoces comparten su vida, es el coste de no quedarse atrás, de contratar esa IA premium para no quedarte atrás en el mercado laboral. 

Es la tarifa por la existencia digital: a veces dinero, a veces, tiempo. Nick Srnicek acuñó el término de capitalismo de plataformas. En este tipo de capitalismo la nueva materia prima son los datos: un recurso que no se agota con el uso, sino que se multiplica cada vez que interactuamos, pagamos o donamos nuestra atención. Las plataformas no son meras intermediarias, sino la infraestructura misma sobre la que transcurre la vida. Pero… ¿quién se queda fuera del circuito? El restaurante que no está en Uber Eats, el cantante o grupo que no está en Spotify. Quien decide no ingresar al circuito se expone a una invisibilidad sistémica. La infraestructura digital se ha convertido en la lente a través de la cual el mundo percibe lo que existe y lo que no. Para un restaurante, no aparecer en el mapa algorítmico del delivery equivale a no existir para una generación entera que ya no busca lugares caminando por la calle. Pero estar dentro exige ceder un porcentaje de los ingresos en comisiones. Para un músico, estar fuera de las listas de reproducción de plataformas como Spotify o SoundCloud significa quedar excluido de las rutinas de escucha cotidianas; estar dentro implica aceptar ingresos bajos por reproducción sólo para conservar una “tarjeta de presentación” que le permita agendar conciertos. Quedar fuera del circuito no es necesariamente un fracaso; en ocasiones es un acto deliberado de resistencia o de apuesta por la exclusividad analógica y la comunidad local. Sin embargo, para la mayoría, la brecha es brutal: o te sometes al alquiler digital y a la extracción de datos, o te arriesgas a la irrelevancia. Esa cuota recurrente que vemos desglosada en los presupuestos mensuales ya no mide simplemente nuestro consumo de ocio: mide nuestro alquiler en el mundo contemporáneo. Pagamos -con dinero, con tiempo o con nuestra propia información- únicamente para que el algoritmo no nos borre del mapa en nuestra existencia digital.

Begoña Miralles Arrondo

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