Las cardelinas
Publicado el 01/08/2026 a las 08:20
A los vencejos, aviones comunes, golondrinas y gorriones, este verano se han unido las cardelinas; fenómeno que no venía ocurriendo en los últimos años. El dinamismo de su expeditivo vuelo, el agitado movimiento de sus alas y el colorido que brilla en su plumaje, han añadido riqueza al elenco de pájaros que anidan y revolotean en el entorno donde se enclava mi casa. Sus trinos y silbidos aportan musicalidad al vuelo cuando cruzan la calle de árbol a árbol. Algo habrá cambiado en el ecosistema para que estos amables pajarillos vuelvan a alegrarnos la primavera y el verano. Aunque da gusto volver a contar con las cardelinas como vecinas, sigo echando de menos a los verderones, de gorjeo más rudo y cuerpo más voluminoso que las gráciles cardelinas, pero igualmente vistosos y llenos de energía. La cardelina es el ave de mi infancia; su presencia me retrotrae a la edad en la que me asomaba a la adolescencia. Era habitual entonces la cruel práctica de mantener a este animal en cautividad.
Su belleza y el agradable sonido de su canto quedaban eclipsados dentro del minúsculo habitáculo de barrotes de alambre. Sin embargo, la posesión de alguna cardelina otorgaba cierto rango de importancia entre la chavalería. En primavera y en la época de paso, dedicábamos arte y mucho tiempo a preparar las varetas con la liga, este tiempo se prolongaba esperando que el reclamo, encerrado en la diminuta jaula de perfiles de madera y delgadas varillas de alambre, atrajera a un congénere deseoso de atrapar las semillas de cardo con su pico fino y alargado. El paso del tiempo va cambiando la perspectiva con la que se contempla la realidad y lo que entonces era diversión hoy se percibe de otra manera. En cualquier caso, aquello fue una vivencia a través de la cual, además de cultivar la paciencia, descubrimos muchos de los secretos que el entorno natural encierra, más allá de los libros y de las tediosas lecciones en el aula.
Ignacio Azparren Tellería