Codicia y corrupción

Gerardo Castillo Ceballos

Publicado el 01/06/2026 a las 07:30

Una pregunta con difícil respuesta: ¿por qué personas  multimillonarias siguen amasando dinero hasta sus últimos días y en algunos casos de forma ilegal?  Ese comportamiento lo solemos tachar de absurdo. En mi opinión, se trata de personas muy codiciosas.

La codicia es el deseo desmedido y la ambición extrema de acumular riquezas o bienes materiales sin límite. Su frecuencia la convierte en una enfermedad social.  Prioriza el individualismo y el éxito económico sobre el bienestar comunitario. Filósofos clásicos como Platón ya advertían que la codicia era la gran enfermedad de las ciudades, capaz de corromper cualquier estructura institucional. 

Algunos estudios en psicología señalan que la ambición extrema nace frecuentemente de una carencia interior que el individuo intenta saciar a través del consumo, provocando así una insatisfacción crónica similar a la adicción. Pero conviene  no olvidar  que existe también una ambición sana:   la búsqueda  de  la autosuperación sin utilizar a los demás.

La corrupción y la codicia son dos caras de la misma moneda. La codicia impulsa un deseo insaciable de riqueza y poder, mientras que la corrupción es el medio que se utiliza para satisfacerlo a costa del bien común.  Cuando la codicia  lleva a poseer más a cualquier precio   se convierte en corrupción. Juntas socavan la democracia, aumentan la desigualdad y destruyen los servicios públicos, beneficiando a unos pocos a costa de la mayoría. La ambición desmedida por el dinero crea un terreno propicio para la corrupción al distorsionar el criterio moral. Se prioriza el enriquecimiento personal sobre el bienestar común.

La corrupción  funciona  y se perpetua poque una  sociedad enferma moralmente lo permite y facilita. El problema principal no es  la acción de los malos,  sino el silencio de los buenos. Por eso no se erradica solo  con leyes.  Es necesario, además, una  transformación profunda, tanto personal como  social, que   devuelva la centralidad a la ética. Solo desde  una  ciudadanía  formada  en la verdad, la justicia y la solidaridad,  podrá  construirse una sociedad libre de corrupción.

Gerardo Castillo Ceballos.  Doctor en Pedagogía.  Profesor eméritodr la Universidad de Navarra

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