Cuando se rompe el respeto, pierde Sangüesa

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Javier Solozábal Amorena

Publicado el 29/12/2025 a las 05:00

El pasado año, en Sangüesa, una de las luces navideñas instaladas en nuestras calles -la que representaba a Olentzero- fue robada. Este año, en el mismo lugar, el Arco de Carajeas, una estrella colocada con la única intención de atender una petición vecinal, ha sido destrozada. No escribo estas líneas para hablar de una figura concreta, ni de una estrella, ni siquiera de la Navidad. Escribo porque estos hechos, aparentemente menores, no son aislados ni inocuos. Son síntomas. Señales de que algo no funciona bien cuando símbolos distintos, en momentos distintos, acaban siendo objeto de ataques similares. Conviene explicar el contexto. En Sangüesa, durante los dos últimos años, el Ayuntamiento ha optado por alquilar el alumbrado navideño. La intención, desde el inicio, ha sido ampliar la iluminación a más calles y enriquecerla con símbolos diversos de nuestra historia y tradición: nacimiento, Olentzero, los Reyes Magos. No ha sido posible. 

El clima político local no ha ayudado. Este año, en concreto, en Carajeas no estaba previsto colocar ningún elemento. Sin embargo, la insistencia de varios vecinos de la zona, que deseaban ver su calle iluminada, me llevó ordenar la colocación de una estrella que el Ayuntamiento tenía de repuesto. No hubo mala intención, ni mensaje simbólico, ni voluntad de sustituir nada. Fue, sencillamente, un gesto para atender una demanda vecinal. Ojalá no haberla puesto. Nos hubiésemos ahorrado el coste del daño. No es la primera vez que ocurre algo así en nuestra ciudad. Años atrás, el belén gigante que se pone en la plaza de La Abadía era el divertimento de vaya a saber qué cabezas. Cambian los tiempos, cambian los símbolos, pero el patrón se repite. Y eso debería invitarnos, como comunidad, a una reflexión más profunda que va más allá de gustos personales, creencias religiosas o posiciones ideológicas. Decimos que Sangüesa ha sido siempre una ciudad plural, diversa, con identidades múltiples que conviven desde hace siglos. Esa pluralidad es una riqueza, no una amenaza. Pero la convivencia no se mantiene sola: necesita cuidado, responsabilidad y, sobre todo, respeto mutuo. 

Cuando se ataca un símbolo -sea religioso, cultural o simplemente decorativo- no se está atacando un objeto. Se está cuestionando el derecho del otro a existir en el espacio común. Vivimos tiempos en los que los extremos ganan. Tiempos en los que se simplifica la realidad, se divide el mundo entre “los nuestros” y “los otros”, y cualquier gesto cotidiano se convierte en un campo de batalla ideológico. En ese contexto, no debería sorprendernos que algunos acaben creyendo que destruir lo que no les gusta es una forma legítima de expresarse. Pero no lo es. Nunca lo ha sido. Ejemplos tiene la historia. Y no podemos normalizarlo. Los actos vandálicos no nacen de la nada. Se alimentan de climas sociales en los que el desprecio se verbaliza con ligereza, en los que se señala constantemente aquello que “sobra”, lo que “molesta” o lo que “no debería estar”. Cuando ese lenguaje se repite desde espacios con influencia pública, hay quien interpreta que tiene permiso para dar un paso más. Por eso, quienes tenemos o han tenido antes responsabilidades políticas y las institucionales debemos ser especialmente cuidadosos. Nuestras palabras pesan. Nuestros silencios también. Señalar símbolos, tradiciones o creencias como problemas en sí mismos puede tener consecuencias que luego lamentamos. La crítica es legítima; la deslegitimación constante del otro, no. Pero esta reflexión no va solo dirigida a la clase política. Las organizaciones sociales, culturales y vecinales también tienen un papel clave en la construcción del clima colectivo. Y, por supuesto, cada sangüesina, cada sangüesino, es corresponsable de la convivencia que construimos día a día. 

En un municipio como el nuestro, nadie es anónimo. Nos cruzamos en la calle, en el comercio local, en las fiestas, en el colegio, en el parque con los hijos. Cuando se ataca un símbolo, no se daña a una idea abstracta ni a una institución lejana: se hiere a la propia Sangüesa. Se resiente la confianza. Se abre una grieta innecesaria entre vecinos. El respeto a las creencias -y también a quienes no comparten esas creencias- es un pilar básico de cualquier sociedad democrática. Defender la diversidad no significa imponerla ni eliminar aquello que no nos representa. Significa aceptar que el espacio público es compartido, que en él caben distintas sensibilidades y que ninguna debe imponerse destruyendo a la otra. La neutralidad no se construye a martillazos.

La convivencia no se logra borrando símbolos, sino aprendiendo a vivir con ellos, nos identifiquen más o menos. Respetar no es adherirse; es reconocer al otro como legítimo. Como alcalde de Sangüesa, pero también como vecino, me preocupa que estemos perdiendo la capacidad de discrepar sin romper. De expresar desacuerdo sin recurrir al daño. De entender que el pluralismo exige un esfuerzo activo de tolerancia. No podemos permitir que la intolerancia, venga de donde venga, marque la vida de Sangüesa. No podemos resignarnos a que la destrucción sea una forma de expresión. Ni mirar hacia otro lado cuando el respeto se quiebra. Cuidar la convivencia es una tarea colectiva. De las instituciones, sí. De los liderazgos políticos y sociales, también. Pero, en última instancia, de cada persona que decide cómo actuar ante aquello que no le gusta. Porque cuando se rompe el respeto, no pierde una tradición ni una ideología concreta. Perdemos todos. Perdemos como comunidad. Y Sangüesa no merece eso.

Javier Solozábal Amorena, Alcalde de la Ciudad de Sangüesa

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