Jesús Lacarra, escolapio misionero en Japón y Filipinas

El misionero Jesús Lacarra, nacido en Funes, junto a tres jóvenes
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El misionero Jesús Lacarra, nacido en Funes, junto a tres jóvenes

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Amaya Lacarra y Juan R. Ruiz

Publicado el 06/07/2026 a las 07:39

Jesús Lacarra, escolapio misionero en Japón y Filipinas y maestro de castellano hasta el último mes de nuestros adolescentes recién incorporados al colegio, falleció el pasado 7 de junio, en Pamplona, a los 93 años. Hijo de Miguel Lacarra y Jesusa Hernández, nació en Funes el 12 de octubre de 1932; sus hermanos son Áurea, religiosa de la Sagrada Familia, María y José Luis

A los doce años su madre le llevo desde las abiertas y soleadas tierras riberas a la verde y montañosa Gipuzkoa, a Orendain; subieron juntos la cuesta desde Ikaztegieta y allí le dejó, para convivir con decenas de chicos que iniciaban la misma aventura escolapia. Varios años en nuestro caserón vasco, estudios en el monasterio de Iratxe y la casa de Albelda para, con veintidós años, el 4 de junio de 1955, ser ordenado sacerdote. Su primera misa, el 19 de junio en su querida Funes, fue un gran día de fiesta y así guarda la familia la noticia recogida en Diario de Navarra. Inicia su vida de maestro escolapio en Tafalla, durante dos años; conservaba la foto y los nombres de todos, más de sesenta niños de ocho años en el aula, con los que ha vuelto a reencontrarse en estancias durante estos últimos años en esta ciudad.

A los veinticinco años es enviado a Estados Unidos para aprender inglés e incorporarse un año después, en 1957, a la misión escolapia de Japón. Los escolapios de Vasconia, queriendo seguir los pasos de nuestro santo navarro, habían iniciado esta misión en el año 1950. Los primeros años los pasa aprendiendo el japonés e inicia ya pronto su ministerio educativo en las parroquias y en el colegio que habían asumido. Vive en Tokio, Yokaichi, Yokohama. Jesús y los escolapios enviados desde Vasconia se impregnaron de la cultura japonesa, fueron sacerdotes para la minoría católica de cada ciudad, y vivieron siendo educadores y evangelizadores de los alumnos del colegio. La historia de esta misión está escrita y son, nuestros misioneros, testimonio de vida entregada, silenciosa, servicial, en un contexto cultural nada fácil para las relaciones humanas, la integración social y cultural, el anuncio del evangelio. Se comprometieron a servir a aquel pueblo y sociedad y han sido fieles a aquel envío que recibieron: “Id y anunciad el evangelio a todas las naciones”.

Como buen escolapio, tuvo siempre un carisma especial por acompañar a niños y jóvenes. También allí mostró su lado más humano y servicial, ayudando en su día a día a inmigrantes sin papeles -recordaba con especial cariño a los peruanos y brasileños- a encontrar trabajo, acudir al médico o abrirse camino en una sociedad con una lengua y una cultura desconocidas.

La mayor parte de su vida la pasó muy lejos de casa, pero volvía a ella siempre que podía. Sus visitas a Funes revolucionaban a la familia y a los amigos con un espíritu emprendedor lleno de nuevas ideas y proyectos: llegaba con ganas de hablar, de compartir lo que estaba viviendo y de contagiar aquello en lo que creía.

Hace veinticinco años fue elegido nuestro querido Jesús, junto con otro buen escolapio, Imanol Laskibar, regresado ya de Japón a su pueblo Tolosa, para iniciar la misión escolapia en Filipinas. Los dos comenzaron aquella aventura, en una sociedad y cultura totalmente distintas, con la población profundamente cristiana, en una cultura asiática pero muy evangelizada. Llegaron a Cebú, una de las siete mil islas.

Jesús desde ahí desplegó todo su potencial evangelizador, toda su fuerza y creatividad, todo su empeño y pasión. Descubrió una población y, sobre todo, a la juventud, que respondía al evangelio, a sus propuestas, a sus celebraciones, a la invitación “to be piarist” (a la vocación escolapia). Venían de la aridez y desierto cristiano japonés, para encontrarse con la profundidad espiritual del Oriente en este nuevo país. Comenzó con la animación vocacional, tradujo todas las obras sobre Calasanz, imprimió miles de folletos e imágenes escolapias, e iba recorriendo parroquias, ciudades, islas, presentando al final de las misas su stand, que colocaba en la puerta para difundir la vida escolapia.

Los jóvenes escolapios filipinos, llenos de agradecimiento, han escrito para su despedida: “Le acompañábamos por Metro Manila con un carrito lleno de libros traducidos por él. Permanecía de pie frente a las iglesias bajo el calor del sol, sonriendo con amabilidad a quienes pasaban. Algunos compraban libros. Otros simplemente se detenían a conversar. Muchos se acercaban para pedir oraciones. Y él los acogía a todos con la misma calidez y bondad. Visitábamos comunidades pobres y apartadas de Metro Manila para ayudar a familias en situaciones difíciles. Recientemente, mientras conversaba con él con gratitud y sencillez, dijo: ‘En todas estas experiencias sentí que fueron los niños y las personas a las que serví quienes finalmente me acercaron más a Cristo. Sirviéndoles aprendí a vivir con mayor libertad y sencillez para Dios’. Lo que hacía especialmente inspirador al P. Jesús era el espíritu con el que vivía su vocación”.

Hace siete años Jesús regresó para una intervención quirúrgica y tuvo que quedarse aquí. Estos años le hemos podido conocer, dejarnos querer y quererle. Ha querido estar presente donde había vida escolapia de niños, jóvenes, donde descubría que la fe y el evangelio seguían siendo acogidos, celebrados, vividos. Hemos disfrutado siempre con su presencia, todos los sábados en la Eucarístía, en todos los momentos que pasábamos por la Iglesia con los chicos y chicas, en la vida escolar, en las fiestas. Gozaba de ver que la vida continúa, que el evangelio convoca, que familias, jóvenes y niños celebramos la Eucaristía.

Se interesaba por todo y preguntaba y preguntaba. “¿Y cómo seguir anunciando la fe?”, “¿y qué tenemos que hacer?”, “¿y qué más puedo hacer yo…?”. Insatisfecho, pero feliz y contento, leía y leía, descubría a los teólogos más actuales, sobre todo se entusiasmó son los comentarios de J. A. Pagola y tradujo todo al inglés para que llegara a sus queridos filipinos una manera más actual de evangelizar. Ha dejado cientos de páginas traducidas al inglés y muchas también con sus reflexiones y catequesis preparadas para -como lo intentó hacer invitando a varias familias de su pueblo, Funes- conversar en “grupos de Jesús”. Quería, con pasión, con su especial pasión evangelizadora, transmitir en su pueblo, entre sus familiares, una manera de acoger la fe que para él había sido revitalizadora y quería entusiasmar así a sus gentes.

Más de diez kilómetros cada día encontrándose con los peregrinos compostelanos y repartiéndoles oraciones en todos sus idiomas, dialogando en inglés y japonés con ellos; charlas cotidianas con quienes se encontraba en bancos y paseos, llegando siempre a la fe. Horas de hospital acompañando a sus hermanos de comunidad; traducciones constantes de libros y materiales que enviaba a sus jóvenes de Filipinas, su Facebook alimentado con sus experiencias y reflexiones (permanece in memoriam en la red). Su figura en todas las actividades festivas y celebrativas del colegio, en la última Vigilia Pascual, inclinándose ya con su cuerpo que algo ya presagiaba de una última rápida enfermedad. Las mañanas con sus nuevos alumnos, los menores migrantes incorporados al colegio, enseñando el castellano y dándoles materiales que él imprimía en su lengua árabe y traducía. La foto y el abrazo, el escrito de estos alumnos desde su lengua árabe, noventa y tres años y “aún maestro de los sencillos”, nos regala la misma gratitud del cuadro de Goya en la última comunión de nuestro santo Calasanz; se emocionaron también cuando les anunció que le daban un mes de vida.

Y siempre sus preguntas, sus continuas preguntas sobre cómo podremos seguir anunciando el evangelio, despertando vocaciones misioneras y escolapias. Y siempre su figura, su agilidad, su rapidez, y una sencillez y bondad natural que habían ido modelando su rostro cada vez más luminoso y transparente. Gracias, Jesús, por tu vida, un regalo del Cielo.

Los autores son sobrina e integrante de la misma orden que el fallecido

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