Domingo Ocasar Alonso, decano de la 'Peña de los Concordantes'

Domingo Ocasar Alonso.
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Domingo Ocasar Alonso.

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Juan Cruz Alli

Publicado el 18/12/2025 a las 07:59

Este obituario es un homenaje de su Peña del Concorde a su decano ‘Txomin’ o ‘monsieur Dominique’, hombre bueno, culto y generoso, entusiasta miembro del Ateneo Navarro-Nafar Atenoa, gran lector, excelente compañero de viajes y, siempre, un señor. Tras su sencillez existía una persona inquieta culturalmente y con alma de poeta. Transmitimos a sus hermanos políticos Ana María Etchepare y José María Echarte, Javier Etchepare y sobrinas Nerea y Paula, nuestra profunda condolencia, porque todos sufrimos el dolor de la pérdida del familiar y amigo. 

Domingo Ocasar Alonso nació en Palencia el 6 de marzo de 1933 y falleció en Erro el 25 de noviembre de 2025, con 92 años de vida intensa y fecunda en trabajo y amistad. Hijo de militar, fue trasladado a Bilbao con tres meses, donde pasó su infancia, adolescencia y juventud hasta que fue destinado a cumplir el servicio militar en Xauen-Chauen, cerca de Tetuán, en el protectorado español de Marruecos hasta el traspaso de la soberanía en 1956. En esa ‘ciudad santa’ contactó con la cultura musulmana y sefardita, visitando sus lugares más emblemáticos (La Medina, la Plaza Hammam, la Gran Mezquita, la Alcazaba y el caravasar de las caravanas con sus tiendas y artesanía. Le dio una visión abierta del mundo y el deseo de conocer gentes y culturas, que sería el motivo de sus inquietudes viajeras. 

Una vez licenciado, regresó a Bilbao y, fallecida su madre, su espíritu viajero le llevó a París donde vivía en Montmartre un amigo suyo pintor. Le introdujo en el mundo del arte y de la intelectualidad bohemia del grupo ‘Les écoliers’, remedo irónico de las ‘grandes écoles’ de la élite francesa. Consciente de que no podía vivir sin trabajar ni ser un artista, buscó trabajo de inmediato. Pasó por varios hasta que lo contrataron en una de las más importantes editoriales de Francia, fundada en 1875 por Ernest Flammarion y Charles Marpon en las arcadas del Teatro del Odeón. 

Se convirtió en un empleado modelo, persona de confianza de los propietarios. Leyó todo lo que le atraía, especialmente la colección de bolsillo J’ai Lu y las novelas negras. Se hizo un cinéfilo entusiasta de la ‘nouvelle vague’. Fue admirador de los/las cantantes Piaf, Aznavour, Becaud, Greco, Vartan y Hardy. Su afán le llevó a conocer París como conductor de la empresa y paseante, autodenominándose un ‘boulevardier’, muy distinto del ‘flâneur’ (holgazán) decimonónico que la recorría sin rumbo ni objetivo. En París y en sus viajes, fue un “observador apasionado, que con alegría inmensa establece su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo de sus movimientos, entre lo fugitivo y lo infinito” (Walter Benjamín). Su visión era la del autodidacta con empeño, no la del ‘badaud’, el mirón bobalicón, porque, mientras caminaba, observaba el paisaje, los tipos, el arte y la historia de los espacios y edificios. Sabía y nos enseñó mucho a sus compañeros de viajes ateneístas sobre los entresijos de la ciudad que tanto amaba. 

En París conoció a una chica alemana que trabajaba en la RTF, cuyos padres vivían en Berlín Este. Se enamoraron y abrió una etapa de viajes a visitarla en las temporadas que residía con sus padres. Pasó muchas veces por el ‘Checkpoint Charlie’ de la Friedrichstraße cortada por el muro, control del acceso a una ciudad que calificaba como triste y oscura. En un viaje nos recordaba que, cuando cruzaba del lado occidental al oriental, pasaba de la ciudad reconstruida y luminosa a la ruinosa. 

Un día en París fue con uno de sus ‘compagnons’ a comer a un ‘bistrot’ de la zona donde vivía, cerca de la plaza de Clichy en Montmartre. No había mesas disponibles, salvo que compartieran una con dos españolas. No tuvieron inconveniente ni unos ni otras. Comieron y pasearon juntos, tanto que terminaron formando dos matrimonios. No seguían el consejo de Dumas de “cherchez la femme”, pero las encontraron. La pareja de Domingo fue la que sería su esposa, una chica de Burguete que se llamaba María Josefa Etchepare García. Tras su matrimonio en la villa, se instalaron en Pamplona, donde vivieron 33 años de felicidad hasta el prematuro fallecimiento de la esposa con 54 años. Quedó Domingo diciendo con su admirado A. Machado: “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería […]. Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar”.  

En Pamplona trabajó en Unicable, se asoció al Ateneo, del que fue un miembro activo y colaborador y uno de los viajeros más conspicuos en un grupo formado con Ángel Echauri, Florentino López Istúriz, Javier Martínez de Murguía, José Manuel Yudego y José Mari Aznar, al que nos fuimos integrando otros.  

Hoy sus amigos tertulianos le despedimos con un verso de un poeta muy parisino: “Sobre lo profundo de mis noches, el dedo sabio de Dios, /dibuja una pesadilla multiforme y sin tregua. […] no se hacia dónde camino;/ sólo veo el infinito por todas las ventanas,/ y mi espíritu, siempre acosado por el vértigo, /envidia la insensibilidad de la nada.” (Baudelaire, ‘El abismo’, en ‘Las flores del mal’). 

 

El autor escribe en nombre de los amigos del fallecido de la Peña del Concorde

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