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MONTAÑA RECORDADA | DANIEL BIDAURRETA

EN LA SIERRA DE GUARA (III)

Actualizada Jueves, 5 de noviembre de 2009 - 04:00 h.

E N medio de una larga jornada de marcha, tras pernoctar en un pajar abandonado de Used, el camino de aquí a Bara se volvió solitario y agreste, con abundante vegetación. Se oía el discurrir callado del agua procedente de arroyos recrecidos por la lluvia de días anteriores.

Cuando llegamos a Bara se intensificó la magia de la Sierra, traducida en el silencio y quietud que flotaban sobre las casas de piedra oscura rodeadas de robles y hermosos nogales, y en una mansa columnilla de humo azulado que salía de cierta chimenea ascendiendo rectilínea hasta disolverse en el azul del cielo. La iglesia vigilaba desde lo alto, pintoresca y destartalada, con su gran reloj de sol pintado de blanco en el muro de la torre con el año de 1916. Bara dormía en medio de un vallecito solitario, iluminado por un sol que ya empezaba a calentar con fuerza. Una bandada de palomas bravías revoloteaba inquietas alrededor del campanario posándose ocasionalmente en el tejado. Se veía en la montaña un enorme boquete que no era otra cosa sino el inicio del Barranco de la Gorga Negra en el río Alcanadre. Por aquellas "gorgas" o gargantas, donde los de Bara nunca osaron meterse, corre uno de los descensos más largos y deportivos de toda la Sierra, y es que el río discurre allí por el fondo de un profundo tajo geológico abierto por las aguas merced a sus pacientes recursos a lo largo de miles y miles de años, rasgando la montaña en dos partes con enormes murallones.

A la salida del pueblo cruzamos el río Alcanadre sobre un puentecillo de tablas. En la alto de la montaña se adivinaba el pueblo de Nasarre, a donde nos dirigimos utilizando la pequeña senda que serpentea entre el bosque de pinos. A medio camino se podía contemplar mejor la profundidad del tajo y el misterio de aquel entorno sombrío. Llegados arriba pudimos vislumbrar al norte un espléndido retazo del Pirineo Central. Se trataba del alto valle del Cinca, y más al fondo, entre la bruma, lo que debía de ser La Munia, Cotiella y el macizo de Posets, con sus retazos de nieves eternas. Hacia acá se alzaba con claridad la altiva mole calcárea de Peña Montañesa, sin nieve pero de formidable e historiada arquitectura. Enseguida nos apareció Nasarre, otro pueblo abandonado, asentado en declive sobre un amplio terreno, medio escondido entre el arbolado y la maleza, como vergonzante de mostrar sus ruinas. Ni un alma en derredor, silencio absoluto. En menos de treinta años se había quedado todo deshecho, como sacudido por un seísmo, pero pequeños detalles nos fueron hablando de los antiguos habitantes de aquel pueblo: "Pedro Campo, año 1770", o en el minúsculo cementerio la lápida de Román Laliena Monclús, que murió el día 22 de octubre de 1962.

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