Parece la ciudad romana de Pompeya pero son las termas del pantano de Yesa, un lugar que adquiere un halo especial al caer la noche
CON barba encanecida, camisa roja y agarrando una vara, Bautista Irurreta Indakoetxea, recoge la basura que algunos insensatos han dejado en el suelo. Este hombre, de 64 años, nacido en Santesteban, descubrió las termas de Yesa hace 14 años gracias a un amigo. Desde entonces, no ha faltado a la decrecida del pantano ."Vivo aquí", dice con un tono sosegado. "Al principio dormía al raso, en un saco de dormir, y ahora en una furgoneta..
. Allí", señala con la vara hacia la orilla. Bautista fue de los pastores navarros que por el convenio que existía entre Estados Unidos y España emigró en 1964 a Colorado. Allí trabajó de pastor 7 años y otros 17 de jardinero en California. En 1994 regresó a España y se recluyó bajo las aguas termales de Yesa y Arnedillo. "En cuanto crezca el caudal me iré. ¡Esto es un tesoro! ¡Y al aire libre!", levanta la voz mientras se aleja. Los focos de los coches le perfilan entre la negrura de la noche. Hay luna llena aunque las nubes la ocultan. El silencio se apodera del paisaje. En el parking ya hay 20 vehículos. Son las doce. Este "templo del aseo" se encuentra repleto de gente. Probablemente, sean los últimos afortunados. En un año, quizá en dos, las obras de ampliación del pantano concluirán y el caudal ocultará definitivamente las termas.
"El templo del aseo"
Para las antiguas civilizaciones el baño implicaba algo más que higiene. En Egipto, por ejemplo, nadie, ni ricos ni pobres, se privaban de su baño diario. En el caso de las clases bajas se humectaban la piel con aceite de ricino mezclado con menta y orégano; y los ricos con perfumes que preparaban los sacerdotes. Los hebreos como los egipcios empleaban arcilla jabonosa. Aunque algunos griegos consideraban que bañarse era signo de debilidad, anulaba el fuerte olor de los atletas, otros muchos, poseían en sus casas pilas de mármol porque confería, por el contrario, prestigio. Incluso, cuentan las crónicas, en los cruces de los caminos había pilas con agua para que los más humildes se pudieran bañar. A finales del siglo V, los romanos perfeccionaron los gimnasios griegos y construyeron unos baños más imponentes. Los historiadores los califican de auténticos "templos del aseo" donde se podían bañar miles de personas. Eran verdaderos palacios públicos. Cuentan que los bañistas al entrar confiaban sus túnicas al guardarropas o capsarii,luego se refrescaban en el "frigidarium", de agua fría, después pasaban al "tepidarium" de agua tibia y al "caldarium"", una especie de sauna.
Han transcurrido 50 años desde que las aguas del pantano de Yesa inundaran definitivamente el pueblo de Tiermas. Toda la comarca quedó despoblada. Hoy, el recuerdo de aquellos casas viejas de piedra resurgen del fango con más vida que nunca. Ocurre cada año, entre las mugas de Navarra y Aragón, durante los meses de agosto y noviembre. El caudal del pantano desciende y emergen unas antiguas termas romanas. Un auténtico balneario al aire libre donde quienes se han sumergido bajo los 33 grados de sus aguas, aseguran que posee facultades curativas contra la artrosis, el reuma, el estrés y los problemas de piel. Un tesoro que adquiere su mayor esplendor al caer la noche y bajo la estela de una luna llena, como sucedió esta semana pasada.
Son las ocho de una calurosa tarde. Jose Miguel Castellano, de 38 años y Lari Charles, de 34, descienden a pie el talud de tierra agrietada que parte de la carretera. Han venido en moto. Sortean la alfombra de piedras y observan el primer pozo de agua caliente, el de mayor tamaño. Continúan y se meten en uno de los fosos, es algo más pequeño y resguardado. El sol se va diluyendo como un azucarillo entre las nubes, los más veteranos del lugar lo custodian en su huida. Dolores Beorlegui, de 52 años, es la primera en abandonar. "Me baja la tensión", dice, "no puedo estar más tiempo". Pamplona, San Sebastián Burguete, Jaca, Bilbao, incluso Estados Unidos. Las termas de Yesa reúnen a decenas de personas. Todos comparten el mismo agua, el mismo cielo, la misma sensación de alivio, la misma inquietud. Unos prefieren desnudarse, otros permanecer con el traje de baño. Diego Mellen, de 28 años, ha pasado el día en San Sebastián practicando surf y ha decidió parar en las termas antes de continuar a Jaca. Ana e Irati, su pareja, se embadurnan el rostro de barro. Maite Elizalde, de 27 años, brota desnuda del agua y se cubre con una toalla amarilla. Su novio Hodei Arada, de 26, le espera fuera. "Nos gusta venir de noche porque está menos masificado. Hay gente más joven", afirma, sentado en una piedra. Los norteamericanos Roberto, de 26 años, y Lyndsay, de 34 también salen del agua. Es la primera vez que visitan las termas. "¡Me encanta Navarra! En nuestro país por algo así te cobrarían", expresa en un buen castellano. Llegaron a Pamplona hace dos años. Roberto se acerca a la mochila y saca una botella de vino. La descorcha. Desde lo alto de la pendiente se adivina ahora el paso renqueante de los primeros lucerillos. Son linternas. La oscuridad se adueñado por completo de la zona. No se ve nada. Aparecen más coches. Unos se van, otros vienen. De repente, la luna se manifiesta unos segundos. Llega un grupo de doce personas en dos furgonetas. Ira Isaurralde, una mexicana afincada en Navarra, explica que han venido para practicar el ritual de la luna. "Venimos todos los otoños desde hace 4 años. Consiste en comunicarse con la naturaleza cantando".
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Linternas en el agua para iluminar la noche. Muchos se sumergen durante horas en Tiermas en la tranquilidad de las horas nocturnas.
La imagen de las termas de Yesa a las doce de la noche parece extraída de un viaje en el tiempo. FOTOGRAFÍAS IVÁN BENÍTEZ
Aunque la mayoría se quedan en las termas una hora y media, algunos aprovechan hasta el amanecer.
Ana y su novia Irati se untan la cara con barro. Han hecho un alto en Yesa después de pasar el día de excursión.
Este grupo de jóvenes con linternas salieron de trabajar de Jaca.
Maite Elizalde, de 27 años, prefiere venir de noche por la tranquilidad.
Roberto y Lindsay, dos norteamericanos que viven en Pamplona.
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