"Dios ha cargado esta cruz sobre mí a los 82 años y tengo que aceptarla. Si no, no sería cristiana".
La abuela de Diego Salvá, María Luisa Portillo Ollobarren (Cirauqui, 30 de junio de 1927), es una luchadora nata. A sus 82 años ha conocido la adversidad manifestada de muy diversas formas, pero nunca como hasta ahora. En el sofá de su casa, y junto a la foto de su nieto con el uniforme de la Guardia Civil, dice que se encuentra "demasiado fuerte" para todo lo que ha vivido durante el último mes.
Enemiga de cualquier protagonismo, en este tiempo ella ha sido el rostro visible del dolor de la familia navarra por la muerte de su nieto Diego.
Hija de un guardia civil, durante la República vivió en Andosilla, la Guerra Civil le tocó en San Adrián y después residió junto a sus padres en los diferentes destinos donde le trasladaban: Espejo (Álava), Urbiola, Muniáin de la Solana, donde Pedro, su hermano, cantó misa por primera vez, o Nazar, entre otros. Y tras casarse con su marido Javier Lezáun, viajante de profesión y mecánico después, su ajetreada vida no cambió. Residió en Zudaire, donde regentó un estanco, una carnicería y un bar hasta que se mudó a Carcastillo. De aquí se trasladó a Ejea de los Caballeros; unos pocos años después emigró a Extremadura para volver de nuevo a Ejea de los Caballeros y finalmente establecerse en Pamplona. "Arrendé un piso en la calle Mayor, junto a la panadería Ilundáin, y después, en la calle Curia, donde la tintorería Mar de Plata. Me siento muy Navarra y llevo a Navarra dentro de mí allí donde he ido".
María Luisa Portillo dice que no tiene carrera, pero está orgullosa de que gracias a su esfuerzo y trabajo ha podido dar a sus cinco hijos (Montserrat, Mari Carmen, Lourdes, Pedro y Javier) la oportunidad de estudiar aquello que quisieran. Allí donde ha ido, siempre ha mantenido una máxima en su vida: no molestar a nadie y ayudar a los demás. La prodigiosa memoria que mantiene sorprende, pero aún más, su discurso sereno, conciliador y valiente. Su gran pasión, sus 20 nietos.
¿Cómo está?
Me ha ayudado mucho ser cristiana. Nunca antes había perdido a ningún hijo y mucho menos a ningún nieto. Dios ha cargado esta cruz sobre mí a los 82 años y tengo que aceptarla.
¿Cómo recibió la noticia?
Estábamos a punto de comer. Una amiga vino a comer a mi casa y me dijo que pusiéramos el telediario. Yo le pregunté que para qué. "Para no oír más que miserias...", le respondí. Lo pusimos y fue la primera noticia que dieron. Me asusté nada más oírlo. ¡Mi nieto empezaba a trabajar ese mismo día! Mi amiga me dijo que qué cosas tenía, que sería muy difícil que fuera mi nieto. Algo en mi interior me decía que era él. Tenía un mal presentimiento.
¿Qué pasó después?
Empecé a llamar a mis hijos, pero ninguno sabía nada. Decían que le estaban llamando al móvil pero que no cogía. No podía parar. No podía estar quieta. Poco después sonó el teléfono... Era Toño, el padre de Diego. Me dijo, María Luisa, hemos perdido a tu nieto para siempre. No podía creerlo.
¿Qué recuerdo tiene de aquellos días?
Fueron unos días muy intensos. Pasé tres días en Mallorca sin apenas dormir. Pensaba que no iba a aguantarlo pero Dios me dio fuerzas. Noté el cansancio incluso menos que en Pamplona. Hay días en los que caminar por Chapitela me parece como subir Montejurra (ríe).
¿Con qué se queda?
Sólo tengo palabras de agradecimiento para todo el mundo. Se portaron con nosotros genial. Me sentí muy arropada en todo momento. Después del funeral que celebramos en Pamplona, me trajo Elma Sáiz, la delegada del Gobierno, a casa; Miguel Sanz me escribió una carta de su puño y letra, y he recibido decenas de telegramas y cartas. Son pequeños detalles que te reconfortan y te ayudan a seguir.
¿Se acuerda del día en que Diego le contó que iba a ser guardia civil?
Me llevé una gran alegría. Le dije que era la mejor noticia que me podía dar, más que si fuese abogado. Así es la vida y la tenemos que aceptarla como Dios nos la da.
Qué me dice de Diego...
Le encantaba el riesgo ya desde pequeño. Le encantaban las motos y los coches. Siempre estaba jugando con ellos. Cuando venía a mi casa veía la foto de su abuelo con el tricornio. Él quería ser igual.
¿Cuál es su último recuerdo?
Por su último cumpleaños le regalé unas zapatillas de Osasuna. Me llamó por teléfono para decirme que ya las había estrenado. Era un joven muy alegre y con muchísimos amigos. Me emocionó ver que era una persona muy querida.
¿El atentado ha cambiado su vida?
Sigo haciendo lo mismo de siempre. Para las 9 de la mañana ya estoy haciendo la compra. Y a las tardes, de 17.00 a 20.30 me junto con mis amigas en el Casino Eslava. Ahora no quieren que esté sola. Me están apoyando mucho.
Cuando terminó el funeral en Pamplona por su nieto Diego, varios agentes de la Guardia Civil salieron de la iglesia de San Saturnino y el público empezó a ovacionarles de manera espontánea ¿Qué sintió en ese momento?
Me emocioné. ¡Eso nunca había pasado en Pamplona! Me crié entre guardias civiles. Han sido mi familia. No puedo decir nada malo de ellos. Todo son alabanzas.
¿Quiere hablar de los asesinos de su hijo?
¿Para qué? A mi nieto no me lo van a devolver. No quiero vivir con rencor, siento una gran paz interior, que es la que a mí me da la vida, y quiero que siga siendo así. Al menos, pasaremos a la otra vida con las manos llenas y no vacías. No hay otra salida. Sólo me gustaría que mediten lo que han hecho y que Dios les perdone.
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María Luisa Portillo Ollobarren en un momento de la entrevista. En segundo plano, la fotografía de su nieto, Diego Salvá Lezáun.
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