Lo fundamental es la prevención del accidente y moverse sobre el barco con prudencia
E N julio de 1998, Eric Tabarly, a la edad de 67 años cayó en las frías aguas del Mar de Irlanda durante una noche de temporal, cuando maniobraba en la cubierta del legendario Pen Duick. El más idolatrado marino francés pasaba a convertirse en un mito de leyenda con un último lance que asombraba a sus seguidores ¿cómo es posible que un navegante de tan dilatada experiencia sea víctima de un accidente en un viaje rutinario a bordo de un barco conocido desde su infancia?.
E N julio de 1998, Eric Tabarly, a la edad de 67 años cayó en las frías aguas del Mar de Irlanda durante una noche de temporal, cuando maniobraba en la cubierta del legendario Pen Duick. El más idolatrado marino francés pasaba a convertirse en un mito de leyenda con un último lance que asombraba a sus seguidores ¿cómo es posible que un navegante de tan dilatada experiencia sea víctima de un accidente en un viaje rutinario a bordo de un barco conocido desde su infancia?
Ese mismo verano, un extraño accidente me hizo conocer la dramática experiencia de permanecer flotando en el agua viendo cómo desde mi barco intentaban localizarme. Un incidente que tubo final feliz gracias a la destreza de un buen marino, amigo mío, que supo llevar el velero hasta mi posición al cabo de diez minutos de rastreo en aguas por él bien conocidas.
El "hombre al agua" es la sombra negra del marino, especialmente del navegante de los barcos de poco porte, es decir, barcos de recreo, cruceros a vela, barcos de regatas o incluso pequeñas embarcaciones de pesca deportiva. La superficie del mar pasa cerca de nuestros pies y a veces no da la sensación de representar un gran peligro, pero el barco navega y caer al mar representa casi de forma inmediata distanciarse en pocos segundos y perderse de forma inevitable en el laberinto vertiginoso de las olas del viento y del mar de fondo.
Para comprenderlo, imagine usted que navega en un velero a una velocidad de 7 nudos (unos 13 km/h , el nudo es una milla marina por hora, 1.852 metros por hora) y suponga que se produce una caída al mar. En un minuto escaso, el náufrago se encontrará a más de doscientos metros del barco y de la superficie del mar solamente sobresaldrá una cabecita difícilmente visible desde el desconcierto y el movimiento del momento. Solamente una maniobra sistemática, prevista y ensayada, dará buenos resultados para balizar el punto del accidente, invertir el rumbo y detener la marcha del barco a escasa distancia del lugar de la caída; entretanto habrá que desaparejar y poner el barco en condiciones para subir a bordo al superviviente.
Este riesgo insidioso ha desarrollado el ingenio del ser humano propiciando infinidad de dispositivos e inventos diversos para asegurar un rescate en todo caso incierto. El más conocido de todos es la función MOB de los posicionadores GPS adaptados a la navegación en el medio marítimo. El pulsador rojo MOB ("man over board", hombre al agua, en castellano) situado en la consola de estos aparatos, registra automáticamente y con precisión métrica las coordenadas geográficas, latitud y longitud, del lugar del accidente y activa una función GOTO MOB, es decir "ir hacia el hombre al agua", facilitando en todo momento el rumbo y la distancia para llegar al náufrago.
Al mismo tiempo, si la maniobra está prevista, el resto de los tripulantes del barco se entregarán a otras tareas de maniobra y balizamiento que serán de vital importancia para que todo salga bien a pesar de las dificultades propias de una situación extrema: arrojarán al agua un aro salvavidas, una baliza señalizadora durante el día y una boya con luz de encendido automático durante la noche, sin la cual, resultará prácticamente imposible el rescate del accidentado en la oscuridad desconcertante de la superficie del mar.
En todo caso, lo fundamental es la prevención del accidente, moverse sobre el barco con la prudencia necesaria aplicando si es preciso la "técnica del escalador", los tres puntos de apoyo y el movimiento cauto y medido. Al mismo tiempo, la tripulación debe equiparse con chalecos salvavidas de forma sistemática cuando las condiciones del viento y del mar señalan que el riesgo es mayor o que una eventual caída sería muy peligrosa por la temperatura del agua o por la cantidad de ropa que el marinero lleva encima para protegerse de la intemperie, lo cual representaría una gran dificultad para mantenerse a flote de manera segura.
El mar se cobra anualmente un triste tributo a causa de este temido siniestro que pasa desapercibido a la vista de los navegantes estacionales que no tienen la oportunidad de abarcar este riesgo en su justa medida. Además de un reguero constante de víctimas producido entre los pescadores que trabajan solos en pequeñas embarcaciones cerca de la costa durante todo el año, en el 2009, se han producido varios accidentes en aguas españolas por caídas desde veleros, entre ellos, a principios del mes de mayo, algo que recuerda el caso Tabarly: el accidente de Juan Luis Cervera, marino de 68 años Capitán de Navío y regatista que cayó desde el Betelgeuse en el curso de una regata en el mar de Alborán.
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A bordo con mal tiempo. J.M.ERREA
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