"Diario de Navarra" comienza hoy una serie de reportajes con motivo del 40 aniversario de la llegada del hombre a la Luna, que se cumple el próximo lunes 20 de julio
R ESULTA un poco extraño: con el primer descenso del hombre en la Luna, hace 40 años, Estados Unidos vivió uno de los triunfos más grandes de su historia. Hoy, sin embargo, el aniversario es festejado, en el mejor de los casos, con muy poco entusiasmo.
Si bien la agencia espacial estadounidense NASA organizó algunos foros y conferencias, el 20 de julio, el gran día del aniversario, el presidente Barack Obama le dará la espalda a la agencia. "La presencia del presidente no está prevista", anunciaron en la NASA.
De una casualidad seguro que no se trata: fue Obama quien dispuso volver a poner bajo examen la planificación de los viajes espaciales tripulados, incluyendo la construcción, planeada para el año 2020, de una base lunar.
¿Será que el satélite de la Tierra no es tan interesante como se suponía? ¿O es que el alunizaje de los astronautas Neil Armstrong y Edwin Aldrin aquel histórico 20 de julio de 1969 al final no fue "un salto (tan) grande para la humanidad"?
Incluso Aldrin hoy se muestra escéptico. "Para usos científicos, la Luna no es prometedora", dijo el ex astronauta, que hoy tiene 79 años y que entonces fue el segundo ser humano en pisar el polvo lunar. "No creo que para los estadounidenses sea una necesidad estar presentes allí". Palabras que suenan muy lejos de un verdadero entusiasmo por la "vuelta a la Luna".
Aún más claramente se expresa el ex astronauta William Anders en referencia al entonces programa Apolo para la conquista de la Luna: no fue un "programa científico", se trató en realidad de una "batalla de la Guerra Fría".
"Seguro, recolectamos un par de muestras de rocas, hicimos un par de fotos, pero si no hubiera existido esa competencia con los rusos, jamás habríamos tenido el apoyo de los contribuyentes". No es precisamente eufórica, sino sorprendentemente realista la mirada hacia atrás.
"Houston, aquí la Base Tranquillitatis. El "Eagle" alunizó". Eran las 20:17 GMT del 20 de julio de 1969. El astronauta Armstrong acababa de descender el módulo lunar en el Mar de la Tranquilidad.
Cientos de millones de personas a lo largo y ancho del planeta seguían el evento. Se hablaba del "cumplimiento de un sueño de la humanidad", del "inicio de una nueva era". Ninguna comparación resultaba exagerada.
Seis horas y media más tarde, cuando Armstrong bajó laboriosamente la escalera de metal para dirigirse a la superficie lunar, sus "palabras históricas" darían la vuelta al globo terrestre: "That"s one small step for a man, one giant leap for mankind" ("Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad").
También la coordinación, desde el punto de vista de la NASA, fue perfecta: eran las 02:56 GMT, en Estados Unidos justo "prime time" de la noche del 20 de julio, la mejor hora para los noticieros.
Se trata de recuerdos profundamente enterrados en el inconsciente colectivo de la nación. Las imágenes de los astronautas en sus trajes protectores refulgentes, las huellas en el polvo lunar, la bandera estadounidense sobre el triste y gris paisaje del cuerpo celeste desconocido.
No fue sólo una "maravilla" técnica, lo que se había llevado a cabo. Era como una parte del "sueño americano", una mezcla de espíritu pionero y partida hacia nuevas fronteras, una superpotencia demarcando su nuevo terreno. En la Tierra ardía la Guerra de Vietnam, y Estados Unidos atravesaba una de las fases más difíciles de su joven historia. Pero, por una noche la nación estaba en éxtasis.
El cohete "Saturno V" había despegado el 16 de julio con la cápsula "Apolo 11", "con un fuego ardiente a 2.700 grados centígrados en el infierno de los motores propulsores", según describió el escritor Norman Mailer, fascinado.
Cien horas más tarde el módulo de aterrizaje "Eagle" se separaba de su "nave madre"; en el módulo de comando "Columbia", la otra parte de la "Apolo 11", se había quedado el tercer astronauta, Michael Collins. Mientras Armstrong y Aldrin clavaban la bandera estadounidense en la superficie lunar, emplazaban instrumentos de medición y saltaban ultralivianos a través de la atmósfera lunar, Collins continuó dando órbitas alrededor de la Luna. Era "el más solitario de los hombres", según comentó un observador.
Fue una corta visita a la Luna: poco más de dos horas duró la estadía de Armstrong, aún menos tiempo estuvo su colega, antes de que ambos tuvieran que volver a la cápsula. Recogieron 22 kilos de muestras de roca para estudios científicos.
El "Eagle" volvía a despegar del Mar de la Tranquilidad, para reacoplarse al "Columbia", unas 21 horas tras el alunizaje. El 24 de julio la cápsula "Apolo" caía en el Océano Pacífico.
Le siguieron cinco misiones Apolo; en los siguientes meses y años otros diez estadounidenses caminaron sobre el satélite de la Tierra. Las últimas misiones planeadas del programa Apolo, sin embargo, fueron canceladas. La "carrera espacial" con la Unión Soviética ya se había decidido a favor de Estados Unidos, y el interés había mermado rápidamente.
Rápida, muy rápidamente retrocedió el entusiasmo por la empresa lunar y los viajes espaciales tripulados. Aún más: apenas unas semanas tras el triunfo hacia el interior de la NASA proliferaron una serie de amargas desilusiones y críticas masivas. Varios investigadores de la NASA renunciaron.
Toda la misión lunar se había degradado y convertido en la "Empresa de Transportes Apolo". La investigación científica sobre la Luna había sido reducida a decoración de escaparates, criticó el entonces director geólogo de la NASA Eugene Shoemaker, uno de los colaboradores más conocidos en renunciar.
Unos 25.000 millones de dólares habían costado el conjunto de las misiones Apolo. La tesis de Shoemaker: los datos científicos del emprendimiento se podrían haber recogido tres o cuatro años antes mediante satélites sin tripulación, por un quinto de los costos.
"El espectáculo más caro que alguna vez le tocó pagar a un pueblo", se comentaría más adelante. A pesar de la persistencia del científico alemán y "padre del cohete portador Saturno", Wernher von Braun, en afirmar que la misión Apolo "fue una de las inversiones más razonables, inteligentes y previsoras hechas alguna vez por un país", el escepticismo respecto a los viajes lunares tripulados perduró. Hasta hoy, hasta Obama.
Hasta septiembre una comisión convocada por el presidente estadounidense elaborará propuestas sobre cómo continuar con los viajes espaciales tripulados.
Fue el ex presidente George W. Bush quien hace unos años quiso inyectarle nuevo impulso a la astronáutica. "A la Luna, a Marte y al más allá", anunciaba el ambicioso eslogan. Según la visión que lo acompañaba, astronautas estadounidenses volverían a la Luna con una nueva nave espacial, "Orion", y construirían una base permanente. En el año 2037 tendría lugar la primera misión tripulada a Marte.
Ante tanta música futurista, a la NASA ya le palpita el corazón. Aunque las propuestas de la comisión convocada por Obama están aún por las estrellas.
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En la imagen, Edwin Aldrin durante su paseo lunar. EFE
En la imagen, Edwin Aldrin junto a la bandera estadounidense durante su paseo lunar. EFE
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