H ACE pocos días escuché a un experto en terrorismo que manifestaba haber conocido a muchos terroristas. Decía esta bondadosa persona que muchos de los terroristas que había conocido eran encantadores, pero que "iban y mataban".
No sé si los había conocido antes o después de entrar en la cárcel. Hablaba con la tranquilidad que da la distancia psicológica y sentirse libre, claro. Sus palabras me recordaron a nuestros buenos buenísimos. Los que se olvidan pronto de lo que significa perder a un ser querido porque no les ha pasado a ellos y, desde luego, son expertos camaleones para que ningún chivato o matón local les señale específicamente.
Los buenos de la levedad del bien siempre piensan en el futuro, sobre todo en el propio, y se apuntan voluntarios a cualquier tipo de diálogo sin condiciones con los fanáticos, en cuanto éstos les guiñan el ojo. Son tiquismiquis con los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, aunque éstos se juegan la vida cada día por ellos.
Los buenos de la levedad del bien creen que unos meses sin nuevos asesinatos son suficientes para pasar página histórica. O que la asistencia psicológica gratuita es suficiente para las víctimas, cuando lo que necesitan, sobre todo, es justicia y que no les atropellen moralmente los buenos buenísimos a los pocos meses.
La viuda y los hijos de Eduardo viven un infierno personal que, en el mejor de los casos, dentro de unos meses tendrán que empezar a recomponer, cosiendo cada hilacha de su corazón, mientras se preguntan por qué en Euskadi la vida humana de Eduardo o de los suyos es menos importante para miles de personas que sus ideas sobre la identidad colectiva. Es muy duro pasar el duelo por cualquier ser querido, pero es un calvario saber además que los terroristas quieren convertirnos en desecho de la historia y en desecho de la memoria colectiva.
Lo primero que tiene que recuperar nuestra sociedad dañada y tóxica por tantos años de miedo y cobardía es su lógica democrática: quien no está con el perseguido está con el perseguidor.
Son décadas de pensamiento tóxico en nuestra sociedad, de banalización del mal y no podremos neutralizar los focos de fanatización si no encaramos de frente todo el horror que anida entre nosotros.
Quien no está con el perseguido está con el perseguidor, y esto vale para las familias y para el espacio público. Quien no está con el perseguido, repito, está con el perseguidor. A las calles.
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