La serie con la que Camino Paredes, ex directora general de Cultura y experta en arte, indaga en el trabajo diario de los principales pintores navarros se adentra en el interior del estudio que Jesús Rivero López (Pamplona, 1969) tiene en Barañáin
J ESÚS Rivero lleva años en la pertinaz batalla de conseguir conciliar su vocación artística y su inevitable vida laboral y profesional. Esta última discurre en Landaben, en esa periferia fabril del cinturón de Pamplona, y determina de manera inexorable los horarios, esos turnos largos e implacables, que obligan a la jornada laboral, jornada que no se aviene a las ocho horas, y se desborda llagando a diez o más.
Este derroche, este imperativo da orden a sus días, los organiza, hasta que suena ese sonido liberador que da rienda suelta a tantos compañeros que terminan la jornada para iniciar en unos casos otra rutina menos atenazante, en otros el vuelo de un sentimiento de libertad que posibilita esos borrones y tachaduras in canjeables y a la vez hermosos que son el auténtico desplegar del quehacer que da sentido a su vida.
Decía Juan Manuel Bonet en el catálogo de la exposición Silencios, 22 artistas navarros,que Jesús Rivero "todavía no ha encontrado el modo de concentrarse en el oficio de la pintura". Creo sin embargo que Rivero siente intensamente el oficio de la pintura, no carece de la concentración exigible para llegar a la buena práctica de la misma, siendo su presente realidad, la mejor demostración de que este hombre está desplegando esta exigencia con un grado de entrega plausible y meritorio.
Rivero ha logrado lo que pocos alcanzan, la conciliación de su utopia creadora y la realidad dura y exigente de una práctica profesional inevitable y necesaria para sobrevivir, él y su familia. Algo encomiable, que generalmente no se detalla en los catálogos de exposiciones, y que él hace con modestia y naturalidad no exenta de resignado lamento.
Un buen momento
Sin duda este es un buen momento en su experiencia creadora. Jesús tiene su propio estudio, cuyas ventanas permanecen tapadas con telas que las convierten en claraboyas opacas, para que únicamente se insinúe la luz, y todo lo demás quede anulado. Rodeado de cuadros, bien embalados y cuidadosamente apilados, el desorden intencionado que sacude su espacio de trabajo resulta equilibrado, círculos concéntricos manejan la disposición de los objetos, los cuadros en los extremos, el caballete en el centro, las obras terminadas apiladas, esperan a aquellas que están en ejecución, bodegones, retratos y siempre los paisajes. De fondo, la música de Bach se confunde con el humo de sus puros, repartidos por varios objetos distraídos de su taller.
En esta estancia se condensan su pasado y su presente. Observo con respeto los maletines de su etapa escolar, en ellos reposan con la ternura de los recuerdos infantiles sus cuadernos de dibujos, bocetos, apuntes: "Mis primeros recuerdos en el mundo del arte se remontan a muy temprana edad. Ya dibujaba y pintaba entonces retratos de mi familia y amigos, y todas aquellas cosas que me llamaban la atención. también recuerdo de la infancia los viajes que hacía con mis padres. Siempre llevaba conmigo un cuaderno y rotuladores Carioca para pintar lo que veía por el camino. No obstante, empecé a formarme al ingresar en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona, desde los años 2001 al 2005. Simultáneamente en ese tiempo, nos juntamos unos compañeros y yo (alumnos y ex-alumnos de Artes y Oficios), para montar un estudio en que pintar y aprender unos de otros".
Esa afición a captar sobre el terreno los motivos perdura en Rivero. Charlamos un día soleado de invierno, en el camino de regreso al estudio, nos encontramos, él con su bicicleta, y me enseña su cuaderno en el que. fruto de su trabajo de la mañana, aparecen los perfiles de las arquitecturas sombreadas y ligadas a la naturaleza domesticada de Echavacoiz Sur. La naturaleza intervenida, agredida y asimilada por Rivero en la atmosfera filosófica de su interpretación metafísica aunque aparentemente natural.
Próximo a Aquerreta
Rivero se siente emocional, profesional y afectivamente muy próximo a Juan José Aquerreta. "He aprendido mucho de él". Pese a seguir su estela, como ocurre con otros artistas navarros que han nacido al arte a través de la mágica mirada del maestro, en el caso de Rivero tantas son las deudas como las diferencias, tanto lo que le acerca como lo que le separa, tanta la deuda como la gratitud. Por este motivo, Rivero cuenta con su propia identidad estética, por eso, es un pintor sazonado.
Sus dotes naturales, su retraimiento, la sensibilidad intermitente, su clara convicción ajena en todo momento al ambiente o mundillo pictórico, hacen de él un pintor desgajado, fundido con la vida anodina, distanciado de los epítetos y los títulos, pero en el fondo y en la forma, un pintor personal, en cuya austera sencillez brilla el empeño de sacar a flote una vocación, una necesidad, un pálpito que sus pinceles manejan con destreza no premeditada, con docilidad segura, con convincente profesionalidad, en el proceloso misterio de su soledad: "Me gusta la soledad, aunque es arriesgada. Me gusta asimismo estar encantado por la naturaleza, y absorber su quietud, oír su silencio, sentir su silencio, sentir su vacío y también su gravedad bajo mis pies. La verdad es que gozo pintando aquello que transito, y, cuando siento la magia, surge en mí la necesidad de plasmarlo todo. Necesito integrarme en el lugar y también integrar la naturaleza con la arquitectura del cuadro, algo así como si fuera espíritu y materia. Con un segundo de plenitud me basta para concebir y reservar la imagen de lo visto en el pensamiento."
La participación de Jesús Rivero en algunos premios y concursos de pintura le han deparado la satisfacción de obtener galardones y poder tener sus obras en colecciones e instituciones que valoran la intensidad, misterio, hondura y gracilidad de sus trabajos pictóricos. Estas presencias alternas y precisas en concursos de pintura le han deparado otro inestimable impulso, el que ofrece contar con el cada vez más amplio respaldo de los especialistas, que con fina determinación han ido viendo en estas obras certeras, la valía incuestionable del trabajo de este pintor que se afana valientemente por dar dimensión a su vocación vital.
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