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CRÍTICA MARTÍN NOGALES

Una tesis sobre la guerra carlista

Actualizada Lunes, 1 de junio de 2009 - 04:00 h.

L A primera novela que publicó José María Merino se titulaba Novela de Andrés Choz, en 1976. En ella hay un hombre enfermo, que se encierra a repasar carpetas amontonadas y cajones que contienen viejos papeles, antiguas cartas llenas de ternura, y folios manuscritos. Entre ellos, descubre el inicio de una novela y decide terminarla, mientras consume los últimos días de su vida en un pueblo lluvioso del norte.

La última novela que había publicado hasta ahora Merino, en 2003, se titula El heredero. Cuenta la historia de un hombre que viaja a la mansión familiar, a un lugar lejano, recóndito, verde y misterioso, situado en la Galicia profunda, para descubrir la historia de su familia, el pasado de sus propios recuerdos y la memoria de las vidas de las personas que habitaron la casa. Este último libro, La sima, publicado por José María Merino después de haber dado a imprenta más de veinte títulos, de cuentos, de poesía, de novela, relatos históricos, memoriales y narraciones futuristas, revela hasta que punto hay una línea temática coherente en la literatura de este autor, que indaga permanentemente en la inquietante relación que existe entre el misterio y la realidad, en la función de la literatura, en la búsqueda de la identidad personal.

El cainismo

El protagonista de La sima, Fidel, regresa al pueblo donde transcurrió su infancia para escribir allí su tesis doctoral sobre la primera guerra carlista. Llega un 28 de diciembre, con el campo cubierto de nieve y el frío pegado a los huesos. Quiere participar también en la exhumación de unos cadáveres que la memoria colectiva sitúan al final de un pequeño terraplén, donde "permanecen los cuerpos de la gente que mi abuelo mandó matar y arrojar cuando la guerra", escribe el narrador: "vino con unos forasteros, buscaban a los mozos, los ataban, los traían aquí y los fusilaban" (pág. 44).

La novela mezcla de una manera equilibrada el relato y la reflexión sobre el pasado. El protagonista redacta una tesis sobre unos hechos históricos y al mismo tiempo reflexiona sobre la repetición de la barbarie. Indaga inicialmente en la guerra carlista, pero antes y después no encuentra más que repeticiones de encono fratricida.

El absurdo de tanto rencor

José María Merino combina de una forma armónica en La sima los sucesos colectivos, las vivencias familiares y las experiencias personales. El protagonista va a participar en la búsqueda de unos cuerpos enterrados. Y mientras lo hace, recuerda la historia familiar, que representa el drama de un país enfrentado en una guerra fratricida: "comprendí que mi padre pertenecía al bando de aquellos rojos que habían matado al tío abuelo recordado en cada rosario dominical, y que mi abuelo materno era del otro bando, el de los que habían arrojado a la sima a los insepultos que se quejaban en la noche, el de los que habían tirado el cuerpo del tío abuelo paterno en la cuneta de la carretera de Asturias después de fusilarlo" (pág. 55).

Fidel cuenta sucesos de la historia reciente, medita sobre el absurdo de tanto rencor y descubre que la vida está llena de simas, de abismos donde las gentes arrojan sus cadáveres. Habla de la sima de los Cristinos, en Urbasa, donde se dice que fueron arrojados los cuerpos de los fusilados en la segunda guerra carlista. En el Faro Mayor de Santander los cuerpos se destrozaban al caer contra las rocas al mar durante la guerra civil. En Gran Canaria, en Jinámar, se amontonaron los cuerpos durante la represión. "Simas y simas para esconder los cuerpos de los enemigos asesinados, a lo mejor vecinos, o gentes del pueblo de al lado, o antiguos compañeros de estudios". Fosas que se remontan a los tiempos remotos del ser humano: hasta la sima de los huesos de Atapuerca y más allá.

Aliento ético

A pesar del trasfondo áspero de la historia, la novela no adopta un tono agrio. Hay un aliento cívico en todo el texto. No es un ajuste de cuentas. En su investigación el protagonista califica la historia como una acumulación de brutalidades, pero se asombra de "la naturalidad con que cada parte suele hablar de sus propios muertos como si la otra no hubieses tenido víctimas, o como si las víctimas del adversario no mereciesen ser tenidas en cuenta". Por eso rechaza al final "andar a estas alturas calculando los muertos como si fuesen ladrillos" (pág. 296).

La sima es un alegato contra el cainismo. Hay una intencionalidad ética en este libro. Está guiado por la voluntad de comprender. El personaje busca las cuevas donde otros sepultaron muertos y encuentra también las simas de su propia conciencia, los precipicios y zonas rocosas de su vida. Sabe desde el principio que "escribir es una manera de poner en orden las ideas". Y eso es este libro: un ejercicio de memoria para reconocerse y encontrar las raíces de las que procedemos.

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José María Merino, el pasado abril, al ingresar en la RAE. EFE


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