El papel de los críticos de arte se desvirtúa en un circuito cultural cada vez más mercantilizado. La Cátedra Jorge Oteiza analizará hoy y mañana el valor de la crítica en un simposio internacional dirigido por Ángela Molina Climent.
Colaboradora en las secciones de arte y literatura de El País y directora de la revista de arte y pensamiento Art&Co, Ángela Molina Climent reivindica el verdadero valor de la crítica, que, vivido de una manera coherente, se traduce así: "El crítico debe ganar más dinero, vivir una vida más solitaria y tener muchos enemigos". Climent dirige el simposio internacional que ha organizado la Cátedra Jorge Oteiza hoy y mañana en el Museo de Navarra.
El título es Los lugares de la crítica, en referencia a que estos profesionales necesitan otros espacios que afirmen su independencia. "Se ha perdido el carácter revolucionario de la crítica", afirma Molina.
¿Cuál es la función de un crítico de arte?
Es un faro que emite señales sobre hacia dónde deriva el arte. Pero hoy en día el crítico no es un observador o un vigilante, sino que ha abdicado de todo eso porque come de la mano del poder.
¿Y no es más esclavo del mercado que del poder?
No, más bien su propio trabajo se ha convertido en un bien de consumo porque forma parte del circuito, de la llamada commodity culture (la comercialización de la cultura). Se deja llevar por la corriente, cuando la esencia del crítico es ir en contra. Por eso tiene que encontrar otros espacios que afirmen su independencia, como la universidad, las revistas especializadas o las propias bienales. Hoy en día se ha creado el mundillo del arte, donde todos van en masa a la Bienal de Venecia, y se ha perdido el carácter revolucionario de la crítica.
¿El crítico de hoy en día tiene la habilidad de disfrazar lo banal con un discurso intelectual?
Creo que sucede al revés: hace banales algunos trabajos interesantes.
¿No está sucediendo como en el cuento de El traje nuevo del emperador, que una obra necesita los ropajes de la crítica para que el público la perciba como arte?
A veces el público capta cosas que al artista le resultan más interesantes. El tema de la educación es importantísimo, pero creo que en España no existen cursos de posgrado en crítica de arte. Luego está la cuestión del mercado, pero no se puede abdicar de él. El mayor valor de un crítico es la generosidad y el coraje, es decir, las ganas de decir las cosas. Hacen falta una serie de personas totalmente independientes, que asesoren a los altos funcionarios que trabajan en las administraciones. Si esto no existe, el dinero se va de una forma sectaria. Es decir, a los Barceló de siempre o a los que ya están canonizados, como Tàpies. Hay una serie de vicios e inercias que no nos atrevemos a romper. También es importante que un director de museo salga elegido de un concurso público internacional y no de la dedocracia de un ministro. Si no, es el tingladillo típico español.
¿Pesa mucho el factor mediático?
Quizás vende más un artista de 58 años que fuma marihuana y que parece irreverente con los Reyes pero luego se arrodilla ante el poder. A la gente le hacen gracia estas contradicciones, y eso es una lacra. Luego hay artistas que dejan de hacer un buen trabajo porque de repente se llevan las cajas de luz grandes.
¿Las galerías de arte tienen la sartén por el mango?
No creas. Ahora el trayecto del taller al museo es muy corto, a veces ya ni pasa por la galería. Hay artistas de treintaintantos años a los que se les hacen retrospectivas. El propio artista se ha metido en una espiral en la que necesita relaciones en ciertos círculos, sobre todo en los centros de poder, como Madrid o París.
¿Otro de los vicios no es parapetar las obras con una teoría?
Las teorías no me parecen mal, siempre que estén bien armadas.
¿Y cuando el artista se queja de las tonterías que dicen los críticos?
El artista siempre quiere decir algo, pero alguien puede ver otra cosa diferente, y sin pervertir el trabajo.
¿Qué opina del hecho de convertir el arte en mero objeto de inversión?
No me parece mal siempre que se haga con un sentido, porque es una inversión en conocimiento, un capital intelectual. Hay gente que tiene ojo, que quiere crear algo coherente, pero luego están los nuevos ricos, como los rusos o de los Emiratos Árabes, que sólo compran firmas porque quieren cosas fácilmente reconocibles.
Juan Huarte, que fue protector de Oteiza, decía que los mecenazgos no se basaban en futuras plusvalías, sino en la admiración hacia el artista.
Ahora no hay grandes mecenas. Es una pena que un museo como el Guggenheim tenga tan poca sensibilidad. Sólo hace cosas para que el público se entretenga. Ahora la gente no va a Disneylandia, sino a los museos.
En toda España están surgiendo muchos museos en los que se invierte dinero público.
Creo que en España no hemos hecho una transición cultural, aún hay que esperar a nuevas generaciones que estén bien formadas intelectualmente. Las instituciones tienen que desaparecer del mapa. Hace dos años vi el stand de la Comunidad de Madrid en Arco y era patético: un Gobierno de derechas haciendo un panteón de ilustres de la izquierda de la Movida madrileña. Además, era un stand carísimo. El problema es que los políticos no tienen respeto por el dinero del contribuyente y lo gastan de una manera obscena.
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Ángela Molina Climent, ayer durante la entrevista en el hotel La Perla. GOÑI
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