SE REÚNEN CADA TARDE EN EL MISMO LUGAR, CARGADOS DE HACHÍS Y MARIHUANA PARA SU CONSUMO, LA MERCANCÍA QUE VAN A VENDER SE QUEDA EN CASA
C ON 13 años vendieron sus primeros gramos de hachís y marihuana. La paga semanal de 5, 20 ó 30 euros- según la familia- que les administraban sus padres y abuelos no era suficiente para calmar el hábito creado por la droga . Necesitaban más dinero. Sus vicios semanales se mantenían inalterables: tabaco, hachís, marihuana, la borrachera de los fines de semana y, sin embargo, el presupuesto siempre era el mismo. Con lo que no contaban estos adolescentes es que el primer canuto les arrastraría y encadenaría a la maquinaria destructiva de la droga y el dinero fácil . La prueba estriba en que, dos años después, estos menores de 13 años han cumplido 15 y no han abandonado la actividad. Ellos insisten en dejar claro que "no trafican sino trapichean".
"La policía no nos da miedo"
Han accedido a contar sus historias siempre que no se les identifique ni se les reconozca en las fotografías, y tampoco se desvele el lugar donde viven y actúan.
De los 20 chavales que conforman este grupo, sólo venden 10, pero todos han probado su primer porro antes de los 13 años. Siempre, de la mano de un amigo o una amiga. "Todo el mundo lo hacía", aseguran, tirados en un banco bajo la sombra de un edificio de VPO en uno de los barrios de la comarca de Pamplona. Unos no paran de hablar; otros no articulan palabra. "Estamos morados" (como sinónimo de colocado) aclaran, "nos hemos fumado un porro cada uno".
Son las cinco y media de la tarde de un miércoles en el que, de momento, los únicos que dan algo de vida a la plaza son cuatro chicos de 15, 16 y 17 años. No tardan en llegar el resto. La presencia de un intruso con libreta y cámara de fotos les ha alertado. Aunque los termómetros rozan los 29 grados y el sol golpea con fuerza, la claridad del ambiente no logra cerrar sus pupilas, completamente dilatadas, por los efectos de la droga.
A unos metros circula un coche de la policía municipal. Pasa de largo. Uno de los menores, de 17 años, extrae del bolsillo una piedra de hachís del tamaño de una canica, arranca un pedazo y lo desmenuza en la palma de su mano. "La policía no nos da miedo", expresa en actitud desafiante. Su aspecto es aniñado, frágil, muy delgado. Viste con una camiseta verde sin mangas y un pantalón corto de color marrón claro. En la parte superior de la oreja luce un pitillo. En ese momento llegan las tres únicas chicas del grupo. Se sientan en el suelo. Poco a poco el círculo lo van cerrando.
"Me acabó fallando el coco"
Encontrarles no resultó complicado. Sucedió el martes. Una fortuita conversación con otro grupo de 19 chicos y chicas, de 18 años, en uno de los parques que limitan con el Arga, propinó una pista inesperada. "En Pamplona es muy fácil conseguir la droga que quieras. Lo único que necesitas es dinero", manifestaba una de las chicas. A los 15 años esta joven, hoy con 18 años, decidió rebasar los límites y se sumergió en una espiral de adicción diaria que le empujó de un "morado" a otro. "Me acabó fallando el coco", declara, "me volví una vaga, pasota, dejé de ir a clase. Los porros te atrapan. Me harté y lo dejé". En esta cuadrilla también confirman que todos han probado los porros y que lo hicieron a los 14 años. "¡Te ayudan a lanzarte!", exclama uno de los muchachos, de 19 años. Es el único que eleva la voz. "¡Es indignante. Ahora se drogan y trapichean con 13 años!", exclama enfurecido. Olvida en ese momento una confesión que hizo minutos antes . Él quemó su primera china de hachís con 14 años- "¡No es lo mismo!", se contradice, "nosotros no vendíamos. La dependencia ahora es más prematura. Como no les llega el dinero y se sienten impunes ante la policía, porque no les va a pasar nada, se dedican a trapichear". El resto le escucha y se lía porros. El tema parece que les motiva a participar. Otro de los chavales recuerda a sus abuelos: "No les entendíamos cuando decían cómo habían cambiado las cosas. Y en la actualidad está sucediendo lo mismo".
A raíz de esta charla no fue difícil localizar a los menores de 13 y 15 años que se dedican a vender hachís y marihuana. "Toparás con ellos...", predicen. Y así fue, por "casualidad" y entre edificios de VPO.
"Ni trabajo ni estudio"
Es en este lugar y al día siguiente, miércoles, cuando el periodista choca de bruces con la realidad: 20 menores fuman y negocian con droga. Es en este lugar, donde el muchacho de rostro pálido, cigarrillo en la oreja, y gesto desafiante, se desahoga con un nudo en la garganta, y los ojos enrojecidos por las fumaradas de porros: "No trabajo. No hago nada. Con 15 años me detuvieron y me llevaron a comisaría. ¿Crees que se puede meter a alguien con 15 años en una comisaría por una china de hachís?", reitera alterado, "con 10 años fumaba tabaco y con 11 hachís". Ahora tiene 17 años. El dinero lo consigo de mi familia y vendiendo".
A su lado, apoyado en un casco de moto, se encuentran el "Sicario" y Miguel, de 15 y 16 años. Ellos mismos han elegido sus nombres y apodos. Devoran unos bollos de chocolate. "Los porros dan mucho hambre". Ríen. Gritan. Parecen nerviosos. "¡Me debes 10 euros!", se increpan.
Patxi, de 17 años, cruza de un lado a otro el parque. Miguel le persigue con la mirada. "No fumo ni me drogo. Ni sé cómo se lía un porro", apunta, "estos tontos no saben lo que hacen. Sólo vendo. Es dinero fácil", Miguel se lanzó al abismo peligroso de la venta de las drogas con 13 años.
Kati viste entera de color rosa. Se sienta en el suelo, en posición flor de loto, frente a su novio y extrae del bolso una piedra de hachís y un mechero. La desmigaja en la palma de la mano, la quema con un mechero y la mezcla con el tabaco... "Es una hueva", detalla, -una variedad de hachís de alta calidad-. Al preguntar por su edad, eleva la mirada y exclama orgullosa: "¡Voy a cumplir 18!". Sonríe. Sus ojos son dos puntos rojos. "Nos hemos fumado un porro cada una. Consumimos todos los días pero no vendemos", aclara. Jone le contradice. "De vez en cuando para hacer un favor a algún amigo. Sólo trapicheo".
"Van a trapichear"
Kati, María y Jone reciben entre 20 y 30 euros a la semana de paga. Fuman tabaco, hachís y marihuana. Los fines de semana también beben alcohol. "¡Red bull con vodka!", profiere. Termina de liar el canuto, lo enciende, le da una calada intensa y se lo ofrece a su novio. Miguel recibe una llamada al móvil. Mira a Sicario. Se acoplan los cascos a la cabeza y se alejan en moto. Patxi se adelanta al periodista. "Van a trapichear", desvela, "nos desplazamos en motos, andando y en bicicletas, depende de la cantidad que tengamos que transportar. Las motos las hemos trucado para que no nos alcance la policía. Si nos dan el alto nunca paramos". Kati lía un segundo porro. Su novio concreta el precio.
"Dependen de muchos factores", indica, "una china de 11 gramos puede costar unos 25 euros. Una piedra de 25 gramos, 120 euros; una tableta de 100 gramos, entre 250 y 400 euros. La marihuana es más cara: 5 gramos de hierba, 30 euros". Patxi le interrumpe. "El hachís y la marihuana en Pamplona ha mejorado. La puedes conseguir en cualquier lado. En los institutos y colegios nunca trapicheamos. No estamos locos. No queremos que nos encierren en un centro". Kati pasa el segundo porro, esta vez a María, de 16 años. "Estamos muy enganchados. Si un día no consigo fumar me "chino" por todo", Kati no es la única que reconoce que siente dependencia. María asiente y añade: "Te relaja, ayuda a relacionarte. Nos gusta esta sensación de sentirse morados. Te ríes de todo". Ninguna de las tres recuerda qué les motivó a probarlo. Lo hicieron con 14 años. "Estaba con una amiga en el patio del colegio. Casi me desmayo. Me fume una "L" de marihuana. Un canuto más grande que el normal". Kati abre la palma de la mano derecha y extiende los dedos para ilustrar el tamaño de lo que se fumó. "La cosa se está desmadrando. Ahora ves fumar porros a críos de 8 años".
Dos jóvenes de 15 años se aproximan tímidos al grupo. Son repetidores de 1º de ESO. Les da miedo hablar. Sus compañeros les animan. "¡Es periodista, no os preocupéis! Ellos no venden, sólo consumen", dice Kati.
Una hora después, regresan Miguel y el "Sicario". Detrás, muy de cerca, uno de los dos hermanos mayores de Miguel. "¿Qué hacéis? ¡No le contéis nada!" El griterío atrae a una bandada de jóvenes en bicicleta. Entre ellos, está Juan, de 12 años, vestido con chandal gris y un pendiente en la oreja izquierda. Asustado por la estampa del extraño, se queda un paso por detrás del círculo y comenta que sus únicas aficiones son las bicicletas y los porros. "Probé el hachís el año pasado, en Navidad, me encanta estar morado, te ríes", afirma entre risotadas. Juan recibe una paga semanal de 5 euros. El segundo muchacho pierde el miedo a hablar al escuchar a Juan. Este menor, de 16 años, fuma hachís y marihuana habitualmente. Saca del bolsillo una lata circular donde guarda la marihuana y lo muestra a la cámara. "Mi madre...claro que sabe. Si fue ella quien me dio a probar con 7 años". Más risas...
Miguel cuenta que contactan con ellos por el móvil y se entienden por mensajes. "Sólo vendemos a quienes conocemos", dice, "si te piden dos pollos, dos pizzas o dos cervezas ya sabemos qué se quiere. Si nos localiza alguien que no conocemos, directamente le decimos que no sabemos..."
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