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DAVID MATHIESON

Palabras para la Historia

Obama juró su cargo sobre la Biblia de Abraham Lincoln, cuya ruta le llevó Washington

Actualizada Miércoles, 21 de enero de 2009 - 04:00 h.

S ÓLO les ha tocado a 44 políticos decir las pocas palabras que les han convertido en algunas de las personas más influyentes de la Historia moderna: "Juro solemnemente que desempeñaré legalmente el cargo de Presidente de los Estados Unidos y que sostendré, protegeré y defenderé la Constitución de los Estados Unidos, empleando en ello el máximo de mis facultades".

Para un encargo de tal envergadura la descripción del puesto es muy corta, así que la mayoría de los presidentes ha querido precisar sus intenciones una vez instalados en la Casa Blanca. Igual que ocurre con un gran número de líderes estadounidenses, muchos de los discursos de inauguración son poco memorables. Pero hay otros presidentes cuyas palabras han quedado grabadas en la memoria colectiva del pueblo estadounidense.

Cuando Barack Obama juró ayer su cargo, lo hizo sobre la Biblia de Abraham Lincoln, un gran presidente que también sabía bien cómo emplear las palabras para inspirar y conmover. Elegido por segunda vez cuando la sangrienta Guerra Civil que abolió la esclavitud estaba a punto de terminar, Lincoln intentó cerrar las heridas realizando un llamamiento a la concordia entre los vencidos del Sur y los vencedores del Norte "con malicia hacia ninguno, con caridad para todos para lograr y apreciar una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las naciones."

Un mes más tarde yacía muerto, asesinado por quienes no entendían nada más que el odio y la venganza. Pero para muchos estadounidenses, sus palabras de aquel día viven todavía. Como Lincoln, Obama es un político de Illinois, un maestro de la retórica que abandera un mensaje de reconciliación justo en el momento en que más lo necesita el país. Cuando el primer presidente negro puso su mano encima de la Biblia de Lincoln, el simbolismo de la unificación no se le escapaba a nadie. Eso sí es, de verdad, una misión cumplida para EE UU.

Otro presidente que aprovechó su discurso inaugural para cambiar el ambiente del país fue Franklin Delano Roosevelt, elegido, como Obama, en plena crisis económica. La burbuja especulativa de los años 20 explotó dejando la economía estadounidense en ruina. FDR entendía que la economía depende tanto de la psicología como de las matemáticas.

Había elaborado un plan de choque bastante detallado, pero tenía algo incluso más importante que aportar: una autoconfianza aparentemente sin límite que supo transmitir a través de un mensaje esperanzador desde los primeros momentos de su toma de posesión.

Después de unas frases anodinas, Roosevelt dirigió una alocución fuerte y conmovedora a un pueblo desesperado: "Esta nación va a salir adelante como lo ha hecho hasta ahora; va a volver a revivir, va a tener éxito. De lo único de lo que debemos sentir temor es del temor mismo, del miedo anónimo irracional y sin sentido que paraliza todos los esfuerzos que son necesarios para convertir el retroceso en una marcha hacia adelante". Obama había buscado las palabras adecuadas para transmitir un mensaje semejante que saque a EE UU de la crisis .

Cuando llegó a la presidencia, FDR era un político de mediana edad que sufría de una discapacidad importante. Por contraste, Obama tiene sólo 47 años, de ahí que se le compare con mayor frecuencia con John Kennedy. En su inauguración como jefe del Estado, Kennedy utilizó la ocasión para imprimir un tono nuevo que sólo podía efectuar un presidente cuarentón. Para sus compatriotas, tenía un mensaje igual de sencillo, el ya muy famoso "No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que puedes hacer por tu país".

Los mejores discursos de inauguración, sean los de Lincoln, FDR o Kennedy, tienen algo más en común: son cortos. No se olvide, además, que la ceremonia tiene lugar fuera del Capitolio y en el mes de enero suele hacer un frío horroroso en Washington.

Al final, el reto que tenía ayer Obama consistía en evitar el frío y combinar la sabiduría de Lincoln, el optimismo de Roosvelt y la frescura de Kennedy para protagonizar un discurso memorable que quedará para la Historia.

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