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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

Algo más que la deseable fraternidad

Actualizada Miércoles, 21 de enero de 2009 - 04:00 h.

P ARA algunos, según he leído en prensa vecina, este concierto ganaba mucho con la sustitución en el podio de director. Más que mucho, infinitamente. Pero no porque Zuckermann sea mejor batuta que quien se cayó del cartel o porque pueda aducir un currículum profesional más cuajado, sino por razones extramusicales: Zuckermann es israelí y venía a gobernar un concierto cuyo solista de piano era palestino.

Tarde, pues, gloriosa para la buena voluntad, las intenciones limpias y el abrazo de hermanos -semitas, unos y otros- y enemigos a sangre y fuego. No sería malo que en Ramala -y en Gaza- hubiera una orquesta parangonable a la de Israel -ésta, por cierto, anterior al Estado sionista, dato que ahorra muchas explicaciones- y que operaran como cabezas de puente para el entendimiento. La mitología clásica confería a la música poderes taumatúrgicos, es decir admirables, también alguna calamidad, aunque la historia los rebaja o aniquila. Anteayer, aquí, en el Baluarte, el director israelí y el pianista palestino se aplaudieron mutuamente, se abrazaron y buscaron una y otra vez compartir la ovación cálida de los oyentes. No era, seguramente, mero formalismo.

Zuckermann dirigió Beethoven sin partitura, con alta tensión, con sonido potente, seguridad, soltura y criterios. No diré que su lectura sea revolucionaria, ni siquiera innovadora, pero sí diferente en detalles. La Quinta -que ha cumplido dos siglos- no sólo es de Beethoven, es Beethoven, como se ha dicho con frecuencia, y si bien no resulta la sinfonía más decisiva del catálogo de su autor, sí reúne caracteres únicos, desde los cuatro primeros compases, que -como escribió Furtwängler- no exponen el tema, sino el título de la obra. Esa célula de tres corcheas y blanca, que recorre y estructura toda la partitura, fue en manos de Zuckermann lo que está escrito, sin retardar la blanca, ni añadir signos inexistentes. La versión fue potente, a veces un tanto cruda, más dada a sonoridades francas que a veladuras, a acentuaciones netas y no a melindres, con mucho más nervio que dulzura, incluso en el andante. Incluso se recreó en las entradas, fortissimo, de las trompas en el allegro -no siempre limpias- y más aún en el fugato enérgico de la cuerda en ese mismo movimiento. Una versión vibrante, un tanto alborotada en el finale, entusiasta y propicia a los aplausos enfervorizados de quienes sienten a este Beethoven como a un contemporáneo estricto. Dos siglos después, insisto.

Este concierto de Ravel fue, como se sabe, un encargo de Paul Wittgenstein -hermano de Ludwig, el filósofo-, pianista que perdió la derecha en la Primera Guerra Mundial. De todos los conciertos que Wittgenstein recibió, el de Ravel es el único que ha sobrevivido, por fortuna no como lo tocaba el destinatario, más rico en bienes que en técnica instrumental. La obra es dura para el solista -no sólo por la escritura para cinco dedos, que deben parecer diez- y para la orquesta. Ya el principio, que tanto recuerda "La Valse", es una página para escuchar y releer a fondo. El pianista hizo una versión fulgurante, muy ajustada, sin efectismos ni puntos muertos, a veces tapado por la orquesta, flexible y atento a los cambios internos de la obra. Bien.

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Saleem Abboud Ashkar, solista en el "Concierto para la mano izquierda y orquesta", de Ravel. JOSÉ ANTONIO GOÑI


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