La explosión pudo haber causado una "enorme tragedia" porque la Universidad de Navarra, sin aviso, no fue evacuada
ETA intentó ayer una masacre en Pamplona. Eligió lugar y hora para conseguir el mayor daño posible: un aparcamiento del Edificio Central de la Universidad de Navarra, donde hizo explotar por sorpresa un coche bomba unos minutos antes de las once de la mañana. Era el momento de descanso entre clase y clase, con el habitual trasiego de profesores, alumnos y empleados por el campus, donde estudian 9.000 personas. Pero los terroristas no lograron su objetivo.
La deflagración se tradujo en 31 heridos, la mayoría leves, y cuantiosos daños materiales. Las oficinas de ese ala quedaron destrozadas y un centenar de vehículos, afectados (20 calcinados y 80 con daños, muchos de importancia).
El atentado etarra llegó sólo 48 horas después de que la Policía Nacional desarticulara el nuevo comando Nafarroa, con la detención de sus cuatro presuntos integrantes y la incautación de 100 kilos de explosivos. Precisamente, su supuesto jefe, Aurken Sola Campillo, pudo ver la inmensa columna de humo negro provocada por el atentado: la policía lo trasladó en avión de Madrid a Pamplona para localizar dos zulos en montes de la Cuenca. El convoy policial llegó a Noáin a las 12.40 horas
Equivocado o intencionado
Nadie supo con antelación qué iba a ocurrir porque no hubo aviso por parte de la banda terrorista. Existió una llamada desde Guipúzcoa a la DYA de Álava, pero fue del todo inexacta: el departamento vasco de Interior informó ayer de que un hombre, que dijo hablar en nombre de ETA, alertó de que iba a explotar la bomba colocada en un Peugeot blanco estacionado "en el campus universitario", sin especificar de qué ciudad se trataba. Otras fuentes señalaron que el comunicante anunció la deflagración en un campus de la universidad del País Vasco, igualmente sin dar más detalles de dónde.
Tras el aviso, la Ertzaintza y la Policía Local de Vitoria realizaron una inspección en el campus universitario de la capital alavesa. Lógicamente, no localizaron el vehículo, un 306 robado la noche del miércoles en Zumaia (Guipúzcoa), tal como denunció su dueño poco después en una comisaría de la vecina Zarautz. Una hora más tarde de la llamada a DYA Álava explotó la bomba, en el campus de Pamplona.
Para el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien alertó de la bomba "o bien no avisó del todo intencionadamente o bien se equivocó". Su opinión de que se podía haber causado "una tragedia enorme" la compartían testigos de la deflagración, para quienes era "un milagro" que no hubiera víctimas mortales tras la "terrible explosión" que se oyó en gran parte de Pamplona.
Las cámaras de seguridad
Ayer por la tarde, los investigadores de la Policía Científica de la Policía Nacional examinaban los restos a los que había quedado reducido el coche para averiguar el tipo de explosivo, fundamental para poder concretar la cantidad. Lo recordó el ministro del Interior para evitar las especulaciones sobre con cuántos kilos estaba cargado el coche. No obstante, fuentes policiales hablaban de alrededor de 40.
También se inspeccionaban las imágenes de las cámaras de seguridad de la Universidad de Navarra, como las de las selladas en la misma pared en la que explotó el coche. Ayer se trabajaba con la idea de que fueron dos personas las que se trasladaron a Pamplona: una en un coche lanzadera para advertir de presencia policial a quien conducía el vehículo con la bomba.
Desde que robaran el coche la noche del miércoles, los terroristas tuvieron tiempo de desplazarse desde Guipúzcoa y estacionar el turismo. El aparcamiento es de acceso público, a diferencia de otros del campus para los que se exige poseer una tarjeta expedida por la universidad. El del Edificio Central se cierra con cadenas a las 21 horas y se vuelve a abrir poco antes de que comience la actividad universitaria, a las 8. La noche del miércoles todo el mundo había recogido su vehículo de ese aparcamiento. Estaba vacío.
Varios factores ayudaron a que las intenciones de los terroristas no se cumplieran. Uno fue precisamente la hora de la deflagración. La mayor parte de la treintena de trabajadores de ese ala del Edificio Central (donde se ubican las oficinas de Servicios Generales, Dirección de Personal y Tesorería y Administración) no se hallaban entonces en sus puestos por haberse tomado su habitual descanso para almorzar. Aún así, quien vivió la explosión pensó inicialmente que el edificio retumbaba por un terremoto. La docena de alumnos del Aula 18, anexa al lugar, fueron quienes más de cerca sintieron la explosión: todos pasaron por los hospitalarios.
El artefacto, en el maletero
Otro factor que ayudó a minimizar los daños fue la posición en la que se aparcó el coche, con los explosivos en el maletero: el morro hacia el edificio, lo que hizo que la onda expansiva se extendiera hacia atrás y hacia los lados, es decir, hacia los vehículos aparcados alrededor. Si la parte más cercana a la pared hubiera sido el maletero, la onda expansiva se habría dirigido al edificio, directamente a las oficinas. También la lluvia que caía entonces en la ciudad ayudó a que no hubiera tránsito de personas en la zona del aparcamiento.
Los bomberos se afanaron en sofocar las llamas, pues la onda expansiva incendió vehículos cercanos (uno de ellos estalló por los recipientes de pintura roja que tenía en su interior). Para entonces, por la detonación y el ir y venir de sirenas, casi toda Pamplona conocía lo ocurrido.
Las llamas se apagaron al mediodía. La universidad empezaba a recuperar la normalidad.
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