No tiene mostrador en el aeropuerto. No se anuncia en las pantallas. Ni siquiera los controladores aéreos de Amán saben cuándo saldrá hasta dos horas antes de que despegue. Se llama Iraqi Airways, una aerolínea tan preocupada por su seguridad, que resulta incluso más fantasmagórica que su aeródromo madre, el de Bagdad. En el de la capital jordana, su principal destino, están tan preocupados con que la marea terrorista de Irak se desborde por sus fronteras que lo han convertido en una fortaleza.
Quienes quieren viajar desde allí en una de las líneas más antiguas de Oriente Próximo, muerta tras la primera guerra del Golfo y resucitada en la segunda, por obra y gracia de los estadounidenses, lo hacen como última opción. Para lograrlo, suelen pasar la noche en el aeropuerto a la espera de que se conozca la salida del vuelo, que puede o no suceder.
En Amán, todo el mundo arquea las cejas: "¿Por qué quiere viajar con Iraqi Airways?", preguntan desconcertados. Y es que a nadie le cabe en la cabeza. Afortunadamente, Royal Jordanian tiene dos vuelos diarios, mucho más accesibles, aunque acaparados por los peones americanos que van a hacer el agosto en Irak a cambio de jugarse la vida.
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