Antonio Garciandía, un sacerdote de Azagra de 75 años, ha construido 7 templos y 6 capillas en los suburbios de Lima reciclando materiales como vidrios, vallas publicitarias o tuberías de oleoductos
VALLAS publicitarias de candidatos electorales, vidrios desechados por sucursales bancarias, tuberías de oleoductos abandonados... Todo tiene utilidad cuando se lo encuentra Antonio Garciandía Gorriti y decide emplearlo como paredes, ventanas o columnas de iglesias. Este sacerdote, nacido en Azagra hace 75 años, lleva 33 en América y tiene a su cargo 300.
000 almas, distribuidas en siete templos y seis capillas levantadas en la última década por los propios feligreses con "material reciclado". Están en los barrios más pobres de la capital peruana. Son los conocidos como "Pueblos Jóvenes", asentamientos recientes de viviendas generalmente a base de casetas de cañizo, chapa, plástico y otros materiales precarios, edificadas sobre terrenos arenosos.
"Esta zona es de extrema pobreza, no tenemos agua ni luz, y la iluminación de las iglesias a veces sólo es posible con baterías usadas de automóviles", asegura el sacerdote, quien construye utilizando "lo que sobra" junto con sus colaboradores, entre los que están los también misioneros navarros Jesús Zozaya, que es ingeniero, la pedagoga María Rosa Costa Catalá, y el sacerdote de Corella Jesús Navascués. Pero lo principal es la mano de obra: "La gente siente los templos como suyos, como su propia casa, y enseguida se presta a colaborar".
El método
Lo primero es "recoger material abandonado y desechado". Para ello, varias personas suelen recorrer con camionetas las diferentes zonas de Lima. Después "se adapta y prepara el material para que sirva para la construcción de un edificio. "Hay que pulirlo, cortarlo, doblarlo, etc", explica el párroco, "por eso, contamos con nuestros propios equipos de arenado, soldadura, oxicorte... que también nos han donado algunas empresas". Luego "hay muchos profesionales que nos ayudan desinteresadamente y comprueban que la construcción cumple la normativa eléctrica, de fontanería, de estructura...", comenta.
"Lo que nos ayuda a construir casi sin recursos es que no compramos ningún material, el trabajo es económico y hay empresa y profesionales que colaboran", apunta Garciandía, quien se encuentra estos días tratándose un tumor en el Hospital de Navarra.
Por ejemplo, el templo de Santa Rosa tiene capacidad para 800 personas sentadas y un local parroquial que hace de centro de día para niños con síndrome de down y daño cerebral. Su construcción costó, en 2005, el equivalente a 70.000 euros, la mayoría invertidos en dar empleo ocupacional a cerca de cien personas de la zona durante 8 meses: "La mayoría eran mujeres y jóvenes, que además aprendieron un oficio. Ahora muchos están agrupados en micro empresas y trabajan en otras zonas".
Entre los proyectos puestos en marcha por el sacerdote navarro en el Cono Norte de Lima están también un centro de formación en especialidades, en el que 500 personas aprenden oficios como corte y confección, fontanería, electricidad, carpintería, cerámica artística, bisutería..., y la "Escuela de Pymes", cercana a la parroquia de Santa Rosa, donde se promueven micro empresas. "Las personas van encontrando un sentido a su vida a través del trabajo y el encuentro con Jesucristo", expone Garciandía. "Reciclamos materiales , pero sobre todo se recicla la vida de las personas, que es de lo que se trata".
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