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Las "señoritas" que hicieron mixto el Orfeón Pamplonés desde 1903

Fundado en 1865, constituye un ejemplo de la evolución del papel de la mujer

Actualizada Viernes, 11 de marzo de 2011 - 18:03 h.
  • EFE Marta Quintín

El Orfeón Pamplonés, fundado en 1865, constituye un ejemplo de la evolución del papel de la mujer, cuyo Día Internacional se ha celebrado esta semana, y ello desde que, en 1903, puso unos anuncios en prensa con un objetivo: formar "un precioso coro de entusiastas señoritas", según consignaron en la memoria artística de ese año.

Y, bajo la dirección de Remigio Múgica, lo consiguieron, convirtiéndose en un orfeón pionero en la incorporación de voces femeninas, por influencia del Orfeó Catalá, con el que colaboraron varias veces y que las había incluido en 1896, y por delante de otras formaciones corales como la bilbaína o el Orfeón Donostiarra.

El coro, llamado entonces "de señoritas", estaba compuesto por jóvenes mayores de 15 años, a quienes se exigía dos requisitos: conocimientos musicales y ser "dignas por su conducta del resto de sus compañeros y de la sociedad", y se les asignó dos funciones, la artística, y la económica, en la que atendían llamadas o confeccionaban trajes.

Pero también cantaban: la primera vez ya en 1903, con piezas de Rossini o Marchetti, aunque su "puesta de largo" llegó con la boda en 1906 del rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia, enlace para el que todo el Orfeón se desplazó a Madrid, entre ellos dieciséis muchachas que, según las críticas de la época, "brillaron con luz propia".

A pesar de que ya se consideraba a las féminas "parte del Orfeón y socias del mismo", no se les reconocía el "derecho a usar de voz y voto en los asuntos de la sociedad", y en los estatutos de 1909, en los que se reglaron las secciones de hombres, señoritas y niños, el "sostenimiento" del coro de hombres se constituyó como una condición indispensable para la supervivencia del Orfeón en su conjunto.

Sagrario Aramburu ingresó en el Orfeón en 1944, "con catorce años", gracias a que tenía allí una hermana mayor, algo que facilitó el consentimiento paterno: "desde pequeña me había gustado la música y un profesor mío se empeñó en que tenía que entrar, aunque sólo tenía trece años, pero mis padres no me dejaron. Con catorce ya sí".

Según ha declarado a EFE, Aramburu "aún no había cumplido los quince" y ya la "pusieron de solista", la primera que salió de Pamplona para cantar ella sola con una orquesta de fuera, la del Palacio de la Música de Barcelona, con la que interpretó la Misa en Re de Beethoven y su Novena Sinfonía, que luego repetiría en Palma de Mallorca.

Aramburu recuerda cómo en los viajes las chicas tenían prohibido salir después de cenar y cómo quedaban al cuidado de "la mujer del conserje", así como que, durante el día, se desplazaban en dos vagones de tren "en los que iban revueltos hombres y mujeres" que, sin embargo, al llegar la noche, tenían que dividirse por sexos.

Sin embargo, la separación por vagones no supuso un obstáculo para que surgiera el amor entre los integrantes del Orfeón: "Hubo muchos matrimonios, por ejemplo, mi hermana mayor, que se casó con un chico de allí", ha explicado Aramburu, quien sabe bien eso de que la pertenencia al Orfeón se quede en familia: "es una tradición".

"Dos de mis diez hijos están en el Orfeón, y una nietica mía de nueve años también está en el coro infantil", motivo por el que Aramburu considera que el Orfeón Pamplonés es su casa: "son sesenta años en él, ya que, aunque lo dejé cuando empecé a tener hijos, volví en el ochenta porque tenía el gusanillo y, hasta los 72 años, no lo dejé definitivamente".

En 1955, las mujeres comenzaron a tener voz en la junta directiva, y voto en 1967, cuando dos fueron elegidas como vocales, abriendo el camino hacia una igualdad total que culminaría con el nombramiento de Mercedes Irujo como presidenta de la Sociedad en 1999.

La primera mujer que ocupó un cargo en la junta directiva fue Esther Salinas, que entró en el Orfeón en 1957, con treinta años, porque "hacía falta gente", después de que el coro se hubiera escindido en dos, y que acabó siendo elegida tesorera en 1982, tarea de "máxima responsabilidad" que desempeñó durante ocho años.

"Cargaba con los pagos, cobraba las actuaciones que hacíamos en el extranjero, por ejemplo en Francia, y entonces tenía que traer a España los francos, porque si no, perdíamos mucho dinero...", ha recordado Salinas, cuya hermana y cuñado también eran miembros del Orfeón, este último, José Luis Zufía, su presidente de 1982 a 1984.

A pesar de este mayor peso de las mujeres en el Orfeón, subsistían algunas diferencias, como que con los hombres "había manga ancha" para que salieran por la noche, mientras que las mujeres, que pernoctaban en alojamientos distintos de los de sus compañeros, tenían que someterse a las restricciones de horario de, por ejemplo, los conventos de monjas en los que se las acomodaba.

"Una noche nos invitaron después de la actuación a una fiesta que organizaba el club de Tenis de León y tuvimos que rogar a las monjas que dejaran salir a las mujeres a las que les apetecía ir, y se lo permitieron, pero a las cuatro de la mañana la monja de la portería vino a avisarme, porque yo era la responsable, de que no habían vuelto todavía, aunque todas tendrían ya treinta o cuarenta años. No habrá terminado aún la fiesta, le respondí", ha relatado.

Salinas abandonó el Orfeón a los 68 años por discrepancias con el director: "se le había antojado hacernos pasar por un examen y yo me negué, porque el Orfeón para mí no era una empresa, sino un alivio, un desahogo, él no se bajó del burro, yo tampoco, y, como soy una mujer con carácter, me fui".

Pero Salinas ha seguido vinculada al Orfeón como socia de mérito por los años que permaneció en él y todavía la invitan a sus conciertos, a los que asiste encantada: "no hay ninguna rencilla, se han portado siempre de maravilla conmigo y estar en el Orfeón fue una experiencia muy buena. Nos lo hemos pasado muy bien".


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