L A visión que tenemos del mundo y de la vida es fruto de saberes y experiencias que hacemos propias, pero se cimienta en los profesores que nos desbrozan el camino y, sobre todo, en los "maestros" que llenan de luz nuestra formación, porque sobrepasan la mera transmisión de conocimientos, proporcionan técnicas de trabajo, abren la mente hacia nuevos horizontes, fortalecen la voluntad y entregan cuanto tienen a sus discípulos. Acaban siendo un modelo de vida.
He tenido muchos buenos profesores, pero sólo a algunos puedo calificar como "maestros". Uno de ellos ha sido para mi Don Alfredo Floristán Samanes, catedrático de Geografía de la Universidad de Navarra. Aun cuando soy historiador, puedo decir que mi formación como tal debe mucho a un gran geógrafo como él. Y por eso hoy, cuando lamentamos su muerte, quiero glosar tres aspectos de su personalidad científica y humana que me parecen dignos de conservar en la memoria, con independencia de haya otros, incluso más relevantes, que otras personas glosarán mejor que yo.
Los avatares de los hombres y las sociedades, eso que llamamos historia, no se puede entender en profundidad si no se relaciona con el espacio vital en el que se ha desarrollado. El hombre construye la historia en un medio natural, que trata de transformar y ordenar. Conocer ese medio es imprescindible para hacer historia, de la misma forma que el conocimiento de la historia es un elemento esencial para entender el paisaje humanizado en el que vivimos. A través de las clases de don Alfredo Floristán entendí el funcionamiento de ese medio físico que ha condicionado el desenvolvimiento de la historia, pero fue sobre todo a través de su obra científica cuando comprendí elementos fundamentales de la historia de Navarra. Y voy a citar algunos ejemplos. Su tesis doctoral sobre La Ribera Tudelana de Navarra explica los elementos esenciales de la vida de esta comarca: las razones del doblamiento, la organización del secano, el poder transformador del regadío, los cultivos de la trilogía mediterránea, la trashumancia de las Bardenas, etc. Abriendo las miras a toda la Ribera, su trabajo sobre Las transformaciones modernas de la agricultura Navarra, referido al período 1890-1935, transformó la visión que yo tenía de mi propia tierra, reduciendo a la mitad el secano actual y restaurando las grandes superficies de pastos hoy desaprecidas, asiento de una ganadería mucho más numerosa. Del mismo modo, si alguien quiere entender cómo era la Cuenca de Pamplona mientras fue centro de un Reino durante un milenio, tiene que conocer sus trabajos sobre su estructura agraria y sus sistemas de cultivo (la rotación trienal, etc.). Otro tanto puede decirse del aprovechamiento forestal y ganadero de Urbasa y Andía y su contribución al ensamblamiento de la identidad navarra. Por todo ello, y por muchas más aportaciones, siempre que he intentado hacer historia de Navarra me he sentido deudor de un geógrafo como Don Alfredo Floristán. Es un primer motivo de gratitud.
Otro, no menos importante, es su ejemplo como profesor. Era un hombre sabio y un excelente investigador; de ahí que sus clases estaban llenas de información. Rebosaba conocimientos y, precisamente por ello, no necesitaba ningún pedestal para ser un "maestro". Era, además, un docente claro, riguroso, profundo, que explicaba con naturalidad y hacía evidentes los contenidos. Su mente ágil y despierta, forjada en la Universidad de Zaragoza, se abrió al cartesianismo francés durante su estancia en la Universidad de Burdeos. El orden, la distinción de conceptos, la exposición atractiva, fueron desde entonces ajuar cotidiano en su actividad docente. También era un docente exigente consigo mismo, que siempre preparaba sus clases e inculcaba ese deber moral a sus alumnos que querían ser profesores. Por ello, quienes disfrutamos de él como alumnos, podemos hoy pregonar su condición de maestro insigne.
He dejado para el final su condición de navarro y su patriotismo, entendido en su forma más noble. Don Alfredo Floristán Samanes fue un geógrafo insigne, un investigador de primera fila y un docente extraordinario. Todas esas capacidades que forjaron su personalidad intelectual las aplicó a su tierra, a Navarra, que fue el centro de sus desvelos y afanes intelectuales durante toda su vida. Y ello sin mengua del rigor profesional, sin atisbo alguno de particularismo local. Fue un navarro insigne precisamente por eso, porque aplicó su ciencia al conocimiento de su tierra, pero conservando siempre una visión universal, atento siempre al mundo en su conjunto y al desarrollo de su disciplina. En definitiva, hizo de su trabajo intelectual una aportación al conocimiento científico de su tierra, que es una hermosa forma de contribuir al bien común. De ahí que la concesión de la Medalla de Oro de Navarra fuera, en mi opinión, un acto de justicia hacia su persona y su obra.
Por todo eso, y por muchas cosas más, que la discreción y el espacio exiguo de este artículo me impiden contar, quiero hoy dejar testimonio de mi gratitud a un maestro insigne como Don Alfredo Floristán Samanes, cuya vida estuvo siempre repleta de saber y de señorío, anclados en una fe cristiana que informó toda su existencia, "sicut mos est maiorum".
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