CUANDO esta noche se acueste lo primero que verá Carlos Aranda será la fotografía de su madre. Lo hace todas y cada una de las noches desde que un cáncer de ovario, unido a problemas con las drogas, se la llevó cuando Carlos sólo tenía 9 años. Unos años antes, su padre les había abandonado, de ahí que apenas haga referencia a su primer apellido, Reina. Todo aquello marcó su infancia en El Palo, el conflictivo barrio malagueño en el que se crió. Sus abuelos y sus tíos tuvieron que hacerse cargo de él. Después de una juventud problemática y rebelde, en la que bordeó la delincuencia, el fútbol le sirvió de refugio.
Vicente Del Bosque le rescató para llevárselo a la Ciudad Deportiva del Madrid. Le tuvo que atar en corto, porque a Aranda el fútbol le gustaba pero los libros no. Pronto comenzó a destacar logrando 66 goles en más de 130 partidos. Llegó a debutar con el primer equipo e incluso jugó en Liga de Campeones, pero tuvo que salir cedido al Numancia en 2002 para evitar el descenso a Segunda B del equipo soriano. Deasde ahí, su carrera está llena de altibajos. Fue detenido por blanqueo de dinero en la operación "Operación Chavo", aunque quedó en libertad tras comprobarse que había sido utilizado. Cuando parecía que el fútbol se había acabado para él hace un año, apareció el Numancia para ofrecerle el último tren. El malagueño lo ha cogido y no parece dispuesto a bajarse. A sus casi 29 años, Aranda busca en Pamplona el cariño y la estabilidad que le han faltado en su carrera futbolística.
En el Sadar lucirá en su camiseta el nombre de N. Aranda, en honor a su madre, Nani Aranda, aunque ayer en la de la presentación sólo ponía Aranda. A ella le dedica todos los goles que consigue. Es su mejor homenaje después de haber conseguido salir adelante.
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