Entre campos de cereal y suaves colinas salpicadas de pinos y encinas emerge Piñalba con su espléndida basílica de San Gregorio, un lugar cargado de emoción y leyenda.
UNA leyenda que cuenta que Gregorio, obispo de Ostia y bibliotecario de Roma, fue enviado a Navarra en tiempos del rey García de Nájera (1039), donde libró a sus tierras de una terrible plaga de langosta. Y que cuando años más tarde murió en Logroño, afamado por sus obras y santidad, había dispuesto que cargaran su cuerpo en una mula con el fin de que lo enterraran donde cayera fatigado por tercera vez el animal.
El alto de Piñalba, sobre Sorlada, en el estellés valle de La Berrueza, fue el lugar en el que quedó enterrado y desde el que la fama de sus obras se extendió por villas y campos.
La historia nos dice que ya mucho antes del siglo XI el cerro de Piñalba fue hollado por el pie humano. En sus alrededores siguen hoy ocultas algunas villas romanas, y no muy lejos se halla la conocida de Arellano. Según documenta Roldán Jimeno Aranguren, en la ladera sur del alto se han localizado restos de cerámica bajoimperial romana. Asimismo, en la época de Sancho el Mayor hubo una atalaya defensiva en el lugar, en la marca defensiva del reino. A su sombra también surgió un primer monasterio de la orden benedictina que en el transcurso del tiempo derivó su advocación hacia San Gregorio.
Una cofradía secular
Al ritmo creciente de los milagros atribuidos a San Gregorio ostiense en tierras navarras y riojanas, en el medievo surgió su cofradía de devotos, de la que ya se tiene constancia en el año 1268 y que articuló sus primeros estatutos en 1348. Hoy día, son alrededor de 450 los cofrades de San gregorio Ostiense.
Como abogado de plagas y otras calamidades, las reliquias de San Gregorio han sido veneradas desde antiguo. Sin duda, la cabeza en plata del santo, cuyo interior conserva una mandíbula y algún hueso más, y por cuyo interior se hace recorrer el agua para la bendición de campos, es el mayor reclamo del santuario. El viaje más largo lo hizo en el año 1756, por orden del rey Fernando VI, para aplacar una penosísima plaga de langosta. El viaje duró 130 días y la cabeza recorrió Aragón, Valencia, Andalucía, Extremadura y Castilla la Mancha.
La suntuosidad barroca
De la mano de las importantes limosnas llegadas de toda España, a lo largo del siglo XVIII se fue levantando el actual iglesia barroca que asombra al viajero que circula por la carretera de Los Arcos a Vitoria. A pesar del desgaste del tiempo, y de la necesidad de una futura restauración, es destacable la fachada, un auténtico retablo barroco en piedra, con profusión de decoración, muy al estilo del de Santa María de Viana. La suntuosidad del interior no desmerece tampoco del conjunto, aunque sin duda llama la atención la cúpula octogonal que remata el crucero y que aporta una iluminación muy especial.
Junto a la iglesia, existe una hospedería, construida en el XVIII y actualmente en restauración. En ella destaca un gran algibe para la recogida de aguas y un antiguo horno. Un complemento, sin duda, a la visita principal.
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Ante la fachada, Rufino González Las Heras sostiene en sus manos la cabeza de plata que conserva las reliquias de San Gregorio. EDUARDO BUXENS
San Pablo, en su hornacina. BUXENS
Ramón Ábrego, cofrade, ante un monolito. BUXENS
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